Reportaje a Hugo Yasky
Hugo Rubén Yasky es docente, secretario general de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), diputado nacional por la provincia de Buenos Aires e integra el bloque de Unión por la Patria (UP). Café de por medio, nos juntamos para conocer su evaluación de la recientemente promulgada Ley de Modernización Laboral y cómo ve el futuro del movimiento sindical y político para construir una alternativa de oposición.
De Frente al Futuro (DFF): ¿Cómo definirías en una frase la ley de la autodenominada modernización laboral?
Hugo Yasky (HY): Es una ley de esclavización laboral. Está pensada para un país que tiene que llevar adelante, según el designio que se han propuesto Milei y quienes lo rodean, una brutal reconversión de su matriz económica.
Básicamente propone el mismo objetivo que planteó Martínez de Hoz en 1976: que la industria desaparezca. Eso implica que cientos de miles de puestos de trabajo del sector industrial van a desaparecer.
La ley está pensada para un país con predominio de servicios vinculados a algunas actividades de una economía primarizada. Y hay que lubricar el tubo por el cual cientos de miles de trabajadores del sector formal van a pasar a la informalidad, y cientos de miles de trabajadores con derechos van a pasar a ser empleo uberizado. Para eso se necesita una ley que de vuelta como una media todas las conquistas que consagra la Ley de Contrato de Trabajo.
Por otra parte, esto siempre estuvo en la mira de los grupos dominantes del país. Recordemos que a Centeno no le perdonaron haber sido, junto con su equipo, uno de los arquitectos de la Ley de Contrato de Trabajo. Centeno murió bajo tortura en 1977. Esta gente pretende claramente lograr una ley que apalanque esa reconversión.
DFF: Hubo una reforma laboral en los años 90 y después otros intentos fracasados del macrismo. Con relación a los 90, ¿ves similitudes, diferencias, una profundización?
HY: Esta corrige y aumenta lo que conocimos como la ley Banelco. Pensemos que se lleva puesta, por ejemplo, en términos de derechos individuales, la jornada laboral de ocho horas, que es una conquista histórica del movimiento obrero.
También termina con un principio rector de cualquier país que quiera democratizar la relación entre capital y trabajo, que es la protección contra el despido sin causa.
Hoy nada le impide al empresario ajustar cuentas con un trabajador. Por cualquier motivo lo puede despedir. Además, es una ley que genera prácticamente costo cero en el caso del despido.
Muchas veces la indemnización tenía una función disuasoria: evitar llegar al punto de no retorno del despido. Hoy todo eso desaparece. Por eso, hay aspectos que son incluso más drásticos en la quita de derechos que la propia ley Banelco.
DFF: El gobierno argumenta que la ley va a crear empleo. ¿Creés que va a ser así? ¿Qué dice la evidencia internacional?
HY: Mi respuesta es empírica. No es que no crea: es que nunca los creó. La experiencia demuestra que ninguna ley laboral generó más empleo.
Ni siquiera si imagináramos una ley con las mejores conquistas del siglo XXI. Una ley laboral, por sí misma, no genera empleo. Las condiciones para que haya más o menos empleo las generan las variables económicas.
Ningún empresario que hoy esté en la lona —que no accede al crédito por las altísimas tasas de interés, que no puede competir porque tiene un dólar por el piso que lo desfavorece, que no tiene quién compre sus productos porque la gente no tiene un peso en el bolsillo— va a tomar más personal porque exista una ley que le garantice que en el futuro podrá despedir gratis. Simplemente no lo puede hacer porque la ecuación económica no le cierra.
Es más probable que ocurra lo contrario: que aprovechen una ley que abarata el despido para reducir personal. Y eso sí va a pasar. Ya pasó cuando estuvieron vigentes reformas anteriores.
DFF: El gobierno dice también que la eliminación de la ultraactividad y la prevalencia de acuerdos por empresa va a permitir que empresarios y trabajadores reflejen mejor la realidad local. ¿Cómo lo ves?
HY: En el sector empresario hay miradas críticas sobre ese punto, sobre todo entre los grupos más grandes. ¿Por qué? Porque el convenio nacional —inclusive para las pymes más chicas— les brinda una franja dentro de la cual acordar con los trabajadores. Les da una orientación.
Las pequeñas empresas no tienen oficinas especializadas en convenios como las grandes. Entonces se acomodan a lo que marca el convenio y, a partir de ahí, negocian. A veces pagan un poco menos que los sectores más grandes, pero el convenio funciona como un ordenador.
Muchos empresarios dicen: esto va a ser un quilombo.
Además, en la Argentina hay una característica muy particular: la fuerte presencia de las comisiones internas y los cuerpos de delegados dentro de las empresas. En la mayoría del mundo los sindicatos negocian convenios nacionales o regionales, pero no están adentro de las empresas. Acá sí. Tenemos convenios, y además comisiones internas y cuerpos de delegados.
DFF: Hay un punto que parece particularmente escandaloso: habilita el pago de salarios en especie y crea el concepto de salario dinámico. ¿Es algo así como volver al siglo XIX?
HY: Claro. La Forestal hubiese estado sujeta a derecho con esta ley. Pagando como pagaba, con esos vales que después se tenían que cambiar en la proveeduría de la propia empresa, a precio vil. Recordemos que Héctor Recalde, gran laboralista, en la década del 90 protagonizó un episodio famoso: grabó y denunció el intento de soborno de un grupo empresario para habilitar el pago en especie.
Esto es un enorme retroceso. Con ese criterio, uno podría habilitar a que el zapatero pague la cuenta de la luz ofreciendo arreglos de zapatos a la empresa de energía. Habilitar esto para los trabajadores nos retrotrae a épocas en las que los derechos que consagra el artículo 14 bis no existían. Por eso vamos a fundamentar nuestra presentación en la inconstitucionalidad de esta ley.
Estamos hablando de cosas que vienen de la década del 70. El artículo 14 bis es, quizá, la parte más viva y más vital de la Constitución Nacional, la que tiene más fuerza. Es del año 57, después del derrocamiento de Perón.
Esa ley es de finales del siglo XIX. Es decir, estamos hablando de un criterio absolutamente falso para determinar qué cosas tienen razón de ser y cuáles no en una sociedad.
DFF: De alguna manera coincide con el ideal de Milei, que plantea que todo el siglo XX fue un siglo de decadencia, de regulación y de estatismo, y que habría que volver a las relaciones del siglo XIX, cuando él considera que la Argentina era una potencia.
HY: Sí, claro. Para Milei lo único rescatable del siglo XX es la Década Infame, donde la imposición de la ley del más fuerte garantizaba el disciplinamiento de las demandas de los sectores populares.
Porque esta ley apunta a eso: a atar de pies y manos a las organizaciones sindicales y a favorecer el despido de los trabajadores.
Cuando estás en un país donde te pueden despedir sin causa, es muy difícil sostener reivindicaciones. Es muy difícil que alguien quiera poner la cara para reclamar algo.
Esa es la época que añora Milei: la del fustazo en el rostro. El patrón con la fusta despidiendo a un trabajador porque se le antojaba.
DFF: Por eso también afecta el derecho de huelga, el derecho de reunión, de asamblea. Sería la contraparte lógica de los objetivos económicos.
HY: Claro. Se busca neutralizar todas las prácticas colectivas que el movimiento obrero fue desplegando en su lucha: desde la huelga hasta la permanencia en las plantas, los piquetes para volantear o las asambleas en horario de trabajo.
Todo eso va a ser pasible no solo de sanciones, sino también de denuncias penales.
DFF: Esta ley parecía circunscrita a las relaciones laborales, pero había un capítulo fiscal que intentaron incluir para favorecer la reducción de contribuciones patronales y crearon el Fondo de Asistencia Laboral (FAL). ¿Podríamos decir que los jubilados terminan subsidiando a las patronales para despedir trabajadores?
HY: Ellos siempre encuentran la oportunidad de hacer negocios. Querían aprovechar para meter de contrabando una reforma tributaria que les hubiera permitido a las empresas, sobre todo a las más grandes, bajar el impuesto que pagan por ganancias. Finalmente lo retiraron. Y al mismo tiempo inventaron un nicho de negocios con el FAL, una especie de AFJP con la parte de los aportes patronales que antes iban al sistema jubilatorio.
Eso desfinancia el sistema previsional y se quedan con lo que se llama salario diferido. Es una apropiación obscena. Ya no se trata solo de la plusvalía: es directamente meterle la mano en el bolsillo a los trabajadores, quedándose con una parte del salario diferido que correspondía al sistema de seguridad social. Pero además generaron un gran negocio. Ese fondo se convierte en un mercado de capitales que las empresas financieras van a usar para maniobras especulativas, en un país donde el sector que más creció es la intermediación financiera.
DFF: También se derogó la ley de teletrabajo y deja sin regulación a los trabajadores de plataformas. Sin embargo, el argumento previo era que esta ley iba a beneficiar justamente a esos trabajadores.
HY: Esa es la demostración de que, más allá del título de “modernización”, estamos ante una ley que nos retrotrae a una etapa previa, incluso a la OIT, es decir, antes de 1900. La OIT consagró las ocho horas de trabajo y el derecho al reclamo.
Pero esta ley, que supuestamente venía a modernizar el trabajo, ni siquiera establece la presunción de relación laboral para los trabajadores de plataformas.
Hoy las leyes que se están aprobando en el mundo —en Europa, en España, Francia, Italia, e incluso en países como México— parten de establecer esa presunción. No importa si hay algoritmos o plataformas: existe relación laboral.
La idea de que son independientes es falsa. Trabajan para alguien a quien le entregan el fruto de su trabajo y luego reciben una parte. Además, dependen de un algoritmo que los premia o los castiga.
Por eso se discuten dos pilares: la presunción de relación laboral y la democratización del acceso al conocimiento del algoritmo, para terminar con la opacidad que permite abusos.
Hay un tercer elemento fundamental: que esos trabajadores tengan cobertura de salud, jubilación y lugares de descanso. Parte de eso debe ser garantizado por la empresa y parte por las autoridades locales donde se desarrolla la actividad.
DFF: Y con el teletrabajo pasó algo similar.
HY: Exacto. Teníamos una ley que incluso fue tomada como modelo para la que se aprobó en España. Establecía el derecho a la desconexión digital, que el equipamiento debía ser provisto por la empresa, que los servicios utilizados debían ser pagados por la empresa. Funcionó perfectamente y la derogaron por presión del lobby empresario.
DFF: Ahora estamos en la era de la inteligencia artificial y la automatización. En muchos países se discute la reducción de la jornada laboral. ¿El mundo va en una dirección opuesta al programa libertario de Milei?
HY: Sí, claramente. El mundo está discutiendo el impacto de la inteligencia artificial. No es algo que va a pasar: ya está pasando. Reduce oportunidades de empleo y aumenta de manera exponencial la productividad y las ganancias empresariales. En ese contexto se discuten cosas como la reducción de la jornada laboral.
Hoy en América Latina prácticamente solo Argentina —junto con Bolivia— mantiene jornadas de 48 horas. También se discuten las tareas de cuidado. En nuestro país, por ejemplo, el padre o la persona no gestante tiene dos días de licencia cuando nace o se adopta un hijo. Esos dos días los tuvo mi abuelo, los tuvo mi padre, los tuve yo y los sigue teniendo mi hijo.
Eso sí queda congelado en el tiempo. No lo quieren discutir porque algunas de esas reformas implican costos para el Estado o para los empresarios.
Los empresarios dicen: discutamos reducción de la jornada, pero con reducción de salario. Pero hay una respuesta sencilla: los trabajadores perdimos el 20 % de nuestros ingresos en estos dos años. Entonces, siguiendo esa lógica, también se tendría que haber reducido un 20 % la jornada laboral.
Si la lógica matemática fuera “menos horas, menos salario”, entonces también debería ser “menos salario, menos horas”. Pero esa reciprocidad nunca aparece.
DFF: ¿Tiene salida esta situación? No se da solamente en la Argentina, sino en muchos otros países.
HY: Ellos tratan de generar, en el caso de la Argentina, un escenario de fuerte presión contra cualquier tipo de demanda. Eso siempre se apoya en lo que se llama la “fila del ejército de los desocupados”.
Cuando esa fila existe —y hemos visto las colas de miles de personas aplicando para 3 o 4 puestos que solicita una empresa, la capacidad de respuesta de los sindicatos se resquebraja mucho. Porque te dicen: “yo por la mitad tomo al que está esperando que vos te vayas”.
Por eso creo que en el Coloquio de IDEA, en enero, el lema era: “Si no es ahora, ¿cuándo?”. Porque sienten que las tienen todas. Tienen un escenario social que juega en contra de los trabajadores por los altísimos niveles de desocupación. Tienen salarios que hoy, medidos en dólares, son los más bajos de América Latina. Y tienen un gobierno que repite como si fuera una gran verdad que la justicia social es una mentira, que es un invento de los populistas para engañar a la gente.
Y que lo que hay que hacer es aceptar que tenemos un país que, si quiere prosperar, tiene que vender el litio, la energía, las tierras raras y el agua a los norteamericanos.
DFF: ¿Un país para tres o cuatro millones de habitantes?
HY: Claro. Un país que no va a tener la posibilidad de darle empleo a todos los que van a quedar en el tendal si ellos logran avanzar y terminar con la trama industrial.
DFF: Ahora, Hugo, ¿hay un proyecto alternativo? Hubo algunos intentos. ¿Cuáles serían los elementos fundamentales de una ley verdaderamente modernizadora?
HY: Unión por la Patria presentó un proyecto alternativo que vamos a tratar de que se abra paso en la Comisión de Trabajo cuando empiecen las sesiones ordinarias, porque en las extraordinarias solamente se pueden discutir los proyectos que envía el Ejecutivo.
A pesar de eso, decidimos presentar nuestro proyecto. Incluye la derogación de esta Ley de Modernización Laboral en todos sus artículos, la restitución de la Ley de Contrato de Trabajo y la restitución de la Ley de Teletrabajo.
Y avanzamos con otros proyectos. Está la reducción de la jornada laboral —había como doce proyectos presentados y los unificamos—. También presentamos un proyecto para trabajadores de plataformas digitales; había dos, uno que presenté yo y otro que presentó Vanesa Siley, y los unificamos.
También presentamos participación en las ganancias, una ley de licencias parentales y una serie de iniciativas más.
Todo eso está contenido en un mismo cuerpo, que es el que vamos a intentar que se trate cuando se pueda. Y también es el que vamos a presentar a un nuevo gobierno en la Argentina. Porque cuando Milei haya sido derrotado por el voto popular dentro de dos años, nosotros vamos a presentarnos con esta propuesta, construida durante su gobierno, que modifica muchas cosas de las leyes actuales mirando hacia el siglo XXI.
DFF: La última pregunta. ¿Qué pasó con el movimiento obrero?
HY: Nosotros creíamos que era necesario estar en la calle. Por eso creíamos que era clave no solamente tener una propuesta, sino que las centrales sindicales convocaran a la movilización, que saliéramos a poner el cuerpo para rechazar esta ley.
Porque después va a ser difícil pararse ante un gobierno futuro de signo popular a reclamar lo que no peleaste cuando te lo estaban quitando.
Por eso, además de tener un proyecto de ley, tenemos que tener la capacidad de movilizar y la voluntad de hacerlo.
DFF: Justamente se habla de una crisis del movimiento obrero, con distintos sectores, estrategias y posiciones frente al gobierno. ¿Cómo ves esa situación y qué viene ahora para los sindicatos y para la oposición política?
HY: Creo que hay coincidencia en cuanto al contenido de las leyes por las que hay que pelear. Ahí estuvimos diputados de distinta extracción.
Pero tenemos miradas divergentes en relación a cómo pararnos frente a este gobierno. Porque no basta con tener una gestualidad que te ubique como opositor: hay que generar la energía y la convocatoria que colectivamente tenemos que construir las organizaciones sindicales para luchar por nuestros derechos.
La tarea de los legisladores no es la misma que la de los dirigentes sindicales. Y en ese sentido ha habido un sector del movimiento obrero que apostó todo a la negociación, que de pronto no tuvo un plan B si la negociación fallaba o si nos llevaban, como pasó, a una emboscada.
Pero también hubo un sector del movimiento obrero —no solamente en las dos CTA, también en gremios muy importantes dentro de la CGT— que estuvo en las calles: los metalúrgicos, los aceiteros, los sindicatos portuarios, muchos sindicatos del transporte, de la aviación y del sector marítimo.
Yo creo que hoy tenemos una tarea que es confrontar con este gobierno. El movimiento sindical no puede tener una relación basada en el pragmatismo de la pasividad, porque eso nos lleva al vaciamiento y a desnaturalizar el papel que tenemos que jugar.
Así como a nosotros nos toca construir la resistencia en la calle, dándole carnadura social a los conflictos —como lo están haciendo los compañeros de FATE—, erigiendo un campo de batalla en cada empresa que se quiera cerrar y no resignándonos a que las paritarias las acuerde el gobierno con los empresarios en detrimento de los asalariados.
DFF: ¿Y qué le toca a la oposición política?
HY: A la oposición —y sobre todo a nuestra fuerza política— le toca construir un camino, una esperanza. Cuando el pueblo está agobiado y ese agobio no tiene salida política, se generan las condiciones para que el escepticismo lo inunde todo y la gente termine votando a un personaje como Milei.
En ese sentido, es clave el papel de Axel Kicillof. No es solamente la foto o la gestualidad. Axel Kicillof acaba de cerrar paritarias con el sector público claramente por encima de lo que ofrece la Nación a los empleados públicos nacionales.
Y es una provincia que no cuenta con recursos de sobra; al contrario, va a tener que hacer un sacrificio enorme para poder cumplir con esa paritaria.
Eso es marcar un camino distinto. No escribiendo un documento ni sacándose una foto, sino gobernando.
Y además de gobernar, quienes forman parte de nuestra fuerza política tienen la tarea enorme de devolverle a la sociedad la esperanza. Y eso también implica dar ejemplo de vida, tener coraje político.
No volver a la historia de que, en nombre de la unidad, ahora vamos a ir a buscar a cualquiera. Esa idea de “la unidad hasta que duela”.
Yo creo que hay que construir inteligentemente una propuesta política que el pueblo abrace. Y cuando los que siempre van para un lado o para el otro, según les convenga, vean que el pueblo abraza una causa que quiere cambiar la realidad de la Argentina, van a estar atrás.
Pero no van a ser ellos, los que tantas veces nos entregaron, los que definan cuál va a ser el camino.