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Economía

El tiempo en disputa

La reforma laboral redefine el tiempo y el cuidado en Argentina, aumentando precariedad y desigualdad, con mayor carga sobre mujeres.

Por Martha Linares
De Frente al Futuro #1

Reforma laboral, cuidados y la nueva política de la vida 

La reciente reforma laboral no solo modifica reglas del empleo: redefine el tiempo de la vida cotidiana. En una sociedad atravesada por desigualdades en la distribución del cuidado, la flexibilización del trabajo impacta sobre cuerpos concretos, redes comunitarias y posibilidades de organización colectiva.

El derecho y el sujeto abstracto del trabajo

Hace unos días el escenario legal argentino cambió con la aprobación en Diputados de la reforma laboral. Como ocurre con toda modificación profunda del derecho del trabajo, sus efectos no se agotarán en el Boletín Oficial. Las leyes laborales no solo organizan contratos: organizan vidas. Lo que hoy aparece como una reforma técnica en la administración del tiempo, mañana se convertirá en una forma concreta de habitar el mundo.
La ley no es únicamente un texto normativo: es un dispositivo que produce verdad, que define qué experiencias se vuelven visibles y cuáles quedan fuera de lo que el sistema considera digno de ser nombrado. Lo jurídico no solo regula: también interpreta la vida.

Las leyes laborales no solo organizan contratos: organizan vidas y definen cómo habitamos el tiempo cotidiano.

Para que una norma funcione necesita simplificar. Necesita abstraer. En ese proceso aparece una de las operaciones más profundas del derecho moderno: el borramiento del cuerpo. Las leyes suelen imaginar un sujeto universal, un trabajador abstracto, sin historia personal, sin ciclos biológicos, sin personas a cargo, sin noches mal dormidas ni redes de cuidado que sostener. Un individuo disponible para el trabajo en términos casi infinitos. Pero nosotres sabemos que ese sujeto universal nunca existió.
La vida real está hecha de cuerpos que se cansan, de criaturas que enferman, de personas mayores que necesitan compañía, de comunidades que organizan colectivamente la reproducción de la vida. Cuando el derecho legisla sobre el trabajo ignorando esa materialidad, lo que produce no es neutralidad: produce invisibilización.
Uno de los dispositivos más emblemáticos de la reforma es el llamado “banco de horas”. En términos simples, se habilita que las horas trabajadas por encima de la jornada habitual no se paguen necesariamente como horas extra, sino que puedan compensarse con tiempo libre en otro momento. El problema no es únicamente cuántas horas se trabajan. El problema es quién decide cuándo.
El tiempo de cuidado no funciona como un crédito bancario. No es una cuenta donde se depositan horas para retirarlas después. Cuando una jornada laboral se estira de manera imprevista, lo que se desorganiza no es solo una agenda. Se desorganiza una red entera: la abuela que esperaba retirar a un niño del jardín, la vecina que se ofreció a cuidar durante la tarde, el turno médico que se había conseguido con semanas de anticipación.
Las redes de cuidado funcionan con rutinas, con previsibilidad, con acuerdos cotidianos que permiten sostener la vida en común. Cuando el tiempo laboral se vuelve imprevisible, esas redes colapsan. La llamada flexibilidad puede ser una herramienta de gestión empresarial. Pero, para quienes sostienen responsabilidades de cuidado, se traduce en incertidumbre permanente.

Las redes de cuidado funcionan con rutinas, con previsibilidad, con acuerdos cotidianos que permiten sostener la vida en común. Cuando el tiempo laboral se vuelve imprevisible, esas redes colapsan.

Este punto no es menor si observamos la estructura real del cuidado en Argentina. Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INDEC, las mujeres dedican en promedio 6,4 horas diarias al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Los varones, 3,4 horas. Casi la mitad.
Esto significa que cualquier cambio en la organización del tiempo laboral impacta de manera diferencial. No porque la norma lo diga explícitamente, sino porque se aplica sobre una sociedad profundamente desigual en la distribución del cuidado. La flexibilidad nunca es neutra cuando la desigualdad es estructural.

La reforma laboral y la reorganización del tiempo

La reforma también extiende el período de prueba laboral de tres a seis meses. Durante ese período una persona puede ser despedida sin indemnización. En la vida concreta significa seis meses de incertidumbre absoluta.
Seis meses en los que pedir un día para cuidar a un hije enfermo puede convertirse en un riesgo. Seis meses en los que cualquier gesto que se perciba como “baja productividad” puede interpretarse como un motivo para terminar el vínculo laboral. Seis meses en los que el miedo se convierte en una forma silenciosa de disciplinamiento.
En materia de licencias, la reforma es elocuente tanto por lo que modifica como por lo que decide dejar intacto. Se habilita la posibilidad de reducir la licencia previa al parto a apenas diez días. Lo que se presenta como una elección individual puede convertirse fácilmente en presión laboral para continuar trabajando hasta el último momento posible.
Pero quizá lo más significativo es lo que no cambia. La licencia por paternidad en Argentina sigue siendo de apenas dos días corridos. Dos días para un acontecimiento que transforma por completo la vida de una familia.
Cuando la ley mantiene ese esquema, lo que está diciendo es algo muy claro: la crianza sigue siendo considerada un problema de mujeres. No se trata solo de una omisión legislativa. Es una definición política sobre quién debe asumir los costos del cuidado. Al negar licencias más amplias para los varones, el sistema sigue trasladando el riesgo laboral a quienes gestan y crían.
El resultado es conocido: las mujeres cargan con la mayor parte del cuidado y, al mismo tiempo, enfrentan mayores obstáculos para sostener trayectorias laborales estables.
La reforma también introduce modificaciones en el sistema de indemnizaciones, reemplazandolo por un fondo de cese laboral financiado con aportes mensuales. El argumento oficial señala que este sistema brinda previsibilidad y reduce la litigiosidad. Pero al abaratar el despido, lo que se altera es la estabilidad del vínculo laboral.

Cuando el Estado flexibiliza el trabajo sin construir políticas de cuidado, el resultado es conocido: el cuidado vuelve a privatizarse y recae sobre las mujeres.

La estabilidad laboral no es un privilegio abstracto. Es una condición material para planificar la vida. Cuando la estabilidad se debilita, lo que se vuelve volátil no es solo el empleo: es la economía doméstica, el acceso al crédito, la posibilidad de sostener proyectos de vida. En otras palabras, se vuelve volátil el sustento de la vida cotidiana.

La crisis de los cuidados y las desigualdades invisibles

Cuando el Estado se retira de los mecanismos de protección social, esa retirada no impacta igual en todos los cuerpos. Para quienes ya estaban en los márgenes del mercado laboral formal, la retirada estatal no es una reforma. Es una intemperie.
Conviene recordar, además, que una parte significativa de la población trabajadora nunca estuvo plenamente dentro del régimen de protección laboral. La economía popular, el trabajo informal, el trabajo doméstico no remunerado y múltiples formas de supervivencia comunitaria sostienen la vida cotidiana de millones de personas. Para quienes ya habitaban esos márgenes, la reforma no inaugura la precariedad: más bien la normaliza. Cuando la ley flexibiliza derechos en el trabajo formal, también produce un efecto simbólico y material sobre quienes ya estaban fuera de ese marco, legitimando condiciones que antes aparecían al menos como excepción.
El desmantelamiento de organismos destinados a combatir la discriminación, la paralización de políticas de igualdad y la hostilidad discursiva sostenida desde el poder político no solo debilitan derechos existentes. También envían un mensaje: qué vidas merecen ser protegidas y cuáles pueden volver a la invisibilidad.
La historia del movimiento travesti-trans en Argentina demuestra algo que el derecho muchas veces tarda en comprender: incluso en contextos de exclusión extrema, las comunidades inventan formas de sostener la vida. Redes de acompañamiento, economías solidarias, casas abiertas, militancias que transformaron la supervivencia en organización política.

Incluso cuando existen políticas de inclusión laboral —como el cupo laboral travesti-trans conquistado por el movimiento—, esas conquistas se insertan en una organización social del cuidado que sigue profundamente marcada por vínculos sexoafectivos heterosexuales y por la presunción de familias cis. La inclusión laboral, por sí sola, no desarma esa arquitectura. Apenas abre una grieta en un sistema que continúa distribuyendo de manera desigual las condiciones materiales de la vida.

El desmantelamiento de las políticas de igualdad no solo recorta derechos: también envía un mensaje sobre qué vidas merecen ser protegidas y cuáles pueden volver a la invisibilidad.

No es casual que sean las lesbianas, travestis, bisexuales y gays uno de los enemigos elegidos del gobierno. Su presencia, su existencia, es política, por eso le molesta que existan.

Todas estas modificaciones comparten un rasgo común: trasladan más riesgo desde las instituciones hacia las personas. Lo que antes estaba parcialmente protegido por el derecho y por lo tanto por las obligaciones del Estado, ahora queda librado a la capacidad individual de cada trabajadxr para gestionar su propia vulnerabilidad.

Cuando el Estado se retira de la protección social, la vulnerabilidad deja de ser un problema público y pasa a ser una carga individual.

Pero la vida no se sostiene individualmente. Se sostiene colectivamente. Cuando hablamos de comunidad, hablamos de redes concretas de apoyo que permiten que una sociedad funcione: familias, barrios, escuelas, servicios públicos, sistemas de salud, organizaciones sociales. Esas redes constituyen lo que la teoría feminista ha denominado la organización social del cuidado.
El cuidado no es solo una tarea privada ni un asunto doméstico. Es una infraestructura social. Sin cuidado no hay fuerza de trabajo. El cuidado sostiene la reproducción misma de la sociedad.
Durante décadas el feminismo ha señalado esta paradoja: el capitalismo depende del cuidado para existir, pero al mismo tiempo lo desvaloriza, lo privatiza y lo descarga sobre los hogares, especialmente sobre las mujeres.
El capitalismo depende del cuidado para existir, pero al mismo tiempo lo desvaloriza, lo privatiza y lo descarga sobre los hogares, especialmente sobre las mujeres.

En los últimos años, además, hemos comenzado a hablar de una verdadera crisis de los cuidados. El envejecimiento poblacional, la precarización laboral, el debilitamiento de las políticas públicas y la transformación de las estructuras familiares han generado una presión creciente sobre las redes de cuidado. Cada vez más personas necesitan cuidado y cada vez menos instituciones están dispuestas a sostenerlo.
En ese contexto, las reformas laborales no pueden analizarse únicamente en términos económicos. Deben analizarse también como decisiones sobre cómo se organiza el cuidado en una sociedad.
Cuando el Estado se retira de la protección laboral y flexibiliza el tiempo de trabajo sin construir nuevas políticas de cuidado, el resultado es previsible: el cuidado vuelve a privatizarse. Y cuando el cuidado se privatiza, recae nuevamente sobre las mujeres.
Aquí aparece una pregunta profundamente política: ¿qué tipo de sujeto político se construye en una sociedad donde el tiempo para cuidar, para organizarse colectivamente y para participar en la vida pública, se vuelve cada vez más escaso?

El tiempo político en disputa

La historia del movimiento de mujeres demuestra que los derechos no se conquistan únicamente en el plano institucional. Se conquistan también en la capacidad de las personas para organizarse, reunirse, debatir e imaginar otros horizontes posibles.
Pero organizarse requiere tiempo. Requiere tiempo para encontrarse, para construir comunidad, para imaginar colectivamente futuros distintos. Cuando la precarización laboral invade cada rincón de la vida, incluso ese tiempo político se vuelve un lujo.
Hoy muchas personas transitan el desempleo o la precariedad en condiciones profundamente solitarias. La virtualización del trabajo, lejos de producir mayor libertad, muchas veces ha intensificado el aislamiento doméstico. Trabajamos desde casa mientras sostenemos simultáneamente tareas de cuidado, sin horarios claros y sin fronteras entre la vida laboral y la vida personal. La promesa de flexibilidad termina convirtiéndose, en muchos casos, en disponibilidad permanente.
En este escenario, el desafío para los movimientos feministas es enorme. No se trata únicamente de resistir una reforma laboral. Se trata de repensar cómo construir comunidad política en un contexto donde el tiempo mismo está siendo reorganizado.
Cada conquista de derechos que los feminismos lograron a lo largo de la historia fue posible porque hubo tiempo colectivo para imaginar lo que parecía imposible. El derecho al voto, las licencias por maternidad, las leyes contra la violencia de género, la ley de identidad de género, el matrimonio igualitario, el cupo laboral travesti-trans, la legalización del aborto: todas esas conquistas nacieron de redes de organización que desbordaron los límites de lo que el sistema consideraba razonable.
La pregunta que tenemos por delante es si en esta nueva configuración del trabajo y de la vida vamos a seguir teniendo ese tiempo para imaginar. Porque, en última instancia, lo que está en disputa no es solo una reforma laboral. Lo que está en disputa es el tiempo de la vida y cómo vale la pena vivirla.