Nazis por ahí
Por Diego Sztulwark, politólogo (UBA), coordina grupos de estudio de filosofía y política
La advertencia sobre la reaparición de expresiones neofascistas no remite solo a una retórica alarmista, sino a un diagnóstico sobre el momento político actual. Frente a la radicalización de la ultraderecha y al ascenso del mileísmo, el desafío no consiste únicamente en ganar elecciones, sino en construir una conciencia política capaz de cuestionar el orden que hizo posible su emergencia, incluyendo las derivas conservadoras que también atraviesan al propio campo popular y al peronismo.
La conciencia de los dirigentes
En una entrevista reciente el gobernador Axel Kicillof, declaró que la actual etapa política internacional está marcada por la emergencia “relativamente novedosa de la ultraderecha”. Según explicó, proliferan expresiones electorales que reivindican, cada vez más, las visiones del mundo más peligrosas que podamos recordar del siglo anterior. A mayor precisión agregó: “ahora hay nazis por ahí”. Esas expresiones se dan también en la Argentina —siempre según sus palabras— como reaparición, en un ciclo que coincide con los cincuenta años del golpe, de actitudes que recuerdan y/o reivindican a la última dictadura. Contra este reverdecer de los (neo o pos)fascismos se trata, en su perspectiva —que comparto plenamente—, de crear “instrumentos políticos” aptos para enfrentar a esos nuevos-viejos enemigos. Con ese objetivo —expresó— resulta imprescindible apelar a la conciencia de los dirigentes, que debe situarse a la altura del momento histórico.
Esa conciencia puede cerrarse ilusoriamente en la defensa de ciertos momentos previos del orden político fallido, que hoy comanda el mileísmo —“tienen todo el pasado por delante”, según la verba presidencial—; puede, en cambio, asumir el presente tal y como lo moldea el imaginario mileísta (adherir al “estilo Milei”); o puede, en fin, dirigir una mirada rupturista, capaz de ir más allá de este orden putrefacto que Milei lleva a su conclusión reaccionaria última. Para desplegar estas opciones conviene ver más de cerca las dimensiones del problema señalado por Kicillof.
El mileísmo como conclusión reaccionaria del orden político
Ignoro cuál es la táctica electoral posible y conveniente con vistas a la elección presidencial de 2027. Tiendo a pensar, sí, que cualquiera sea la combinación de candidaturas que se alcance no logrará, por sí sola, avanzar en la confrontación planteada. Porque la derecha extrema que Kicillof —con toda la razón— rechaza, se presenta a su vez como el rechazo de un orden previo. Su eficacia actual puede resumirse en una fórmula: denuncia de la casta más apoyo del gobierno de Trump. Imposible saber cómo llegará el mundo a 2027. Pero da la impresión de que no alcanza con la apuesta pasiva a la autodestrucción del mileísmo-trumpismo. Y por eso, una política cuyo eje se reduzca a un electoralismo de base municipal, con sumatoria de gobernadores, legisladores y dirigentes gremiales, incluso triunfando, no ofrecería otra cosa que un pálido remake de lo sucedido en 2019. En otras palabras: la utilidad de un frente democrático, para ser efectiva, no debería preparar solo un cambio de gobierno —de por sí indispensable— sino apuntar a transformar profundamente el orden político actual en el cual los peronismos, kirchnerismos, progresismos e izquierdismos resultan una y otra vez reducidos, aislados, desautorizados, comprados, proscriptos y encarcelados según los casos. La incapacidad de enfrentar en lucha legislativa, sindical y callejera la (contra)reforma laboral —disputa en la que no fue posible siquiera establecer con nitidez campos políticos claros— es un ejemplo entre otros (pero no un ejemplo cualquiera) de la magnitud del desafío. El orden político actual lo permite todo, excepto organizar una política que trastoque el patrón de acumulación fundado en la fuga del excedente.
El orden político actual lo permite todo, excepto organizar una política que trastoque el patrón de acumulación fundado en la fuga del excedente.
Y si Milei sigue siendo, por el momento, la figura que saca provecho de ese orden, al tiempo que lo garantiza, es porque hasta el momento, es la única que parece estar dispuesta a todo con tal de garantizar la continuidad de dicho patrón. Su autoconfianza descansa en la relativa tranquilidad de saber que, en ese contexto y dentro de este orden, no existe una oposición real ni una rivalidad que temer. Repasemos: el último candidato presidencial opositor llamó a votar a Macri en 2015 contra el candidato peronista, Scioli, que a su vez integra ahora el gabinete de Milei. Mientras que el líder peronista en el Senado del kirchnerismo fue parte integrante de la fórmula con Macri en 2019 y hoy propone la reunificación del peronismo.
En síntesis: sea el mileísmo (entendido como espacio político, y no solo como la suma de los dirigentes que hoy lo dirigen) un “deporte nuevo” —como insisten periodistas amigos— que obliga a aprender las reglas que impone; o sea más bien —como yo creo— la conclusión reaccionaria de un orden político en descomposición —que incluye al conjunto de los actores políticos que lo administraban hasta 2023—, es improbable (e indeseable) que sea desplazado por una fuerza incapaz de cuestionar el viejo orden. El desafío, en otras palabras, no es defender el pasado, sino acabar con el orden mismo del cual el mileísmo es su conclusión reaccionaria.
El mileísmo es la conclusión reaccionaria de un orden político en descomposición, que incluye al conjunto de los actores políticos que lo administraban hasta 2023.
Fascismo cosplay
Dejando entonces momentáneamente de lado la cuestión de la táctica electoral, y hurgando en esa palabrita nada inocente —conciencia— que el gobernador dejó caer en la entrevista mencionada, vale la pena aunque sea mencionar la cuestión del lenguaje con el que la derecha extrema avanza sobre suelo descompuesto, empleando un tipo de verbo jabonoso que ha sido definido como “ambivalencia estratégica”. Se trata de un régimen de afirmaciones ambiguo que deja abierta más de una opción, para luego reafirmar las más reaccionarias. El filósofo Luis Ignacio García dio en el clavo al caracterizar ese régimen como “fascismo cosplay”. La expresión refiere al tipo de apropiación por parte de la “nueva” derecha de la “mascarada travesti” y de su enorme “potencia camaleónica”. El cosplay es el modo de superar la “rigidez y estereotipia” que convirtió al fascismo en objeto de “parodia” (como ya lo vimos respecto por ejemplo de El gran dictador de Chaplin). La autoparodia voluntaria le permite al fascista cosplay obtener un “mayor dominio sobre el campo de efectos de su performance”. El efecto de esta acción de “imitación” de sí introduce redundancia que le quita una credibilidad lineal: nadie “cree” que los jóvenes fascistas cosplay sean “realmente” fascistas. El carácter “pantomímico” y provocador de la actuación parece relevarlos de toda responsabilidad sobre los efectos de sus actos. García advierte que “el devenir travesti del fascismo es su estrategia más deslumbrante y genial”, la que le permite ingresar “en nuestro mundo pluralista y escéptico, fluido y veloz”. La autoparodia del fascista nos avisa, entre chascarrillos, que la cosa puede ir en serio.
El nuevo neofascismo avanza como “fascismo cosplay”: se disfraza de parodia y ambigüedad para volver verosímil lo que antes parecía una caricatura.
Este aspecto “pantomímico” torna inverosímil la seriedad del neofascismo actual por el hecho de que los fascismos aparecen con un rostro inesperado, como lo dijo a propósito de Israel y EE. UU., en ocasión de la reciente invasión militar a Irán, el académico norteamericano Jeffrey Sachs. De modo que son los propios neofascistas quienes hacen propaganda en favor de Israel (y se declaran admiradores de los “judíos”), llegando al extremo de identificar —como hizo Milei en la Asamblea Legislativa del 1 de marzo— al Nacional Socialismo con la izquierda. Solo que al abrazar a Israel se abraza a un Estado que está desarrollando un laboratorio palestino, capaz de hacer de un genocidio, una industria modélica de extermino aceptado por muchos Estados del mundo. El consumo global de la tecnología de represión, vigilancia y control producido por empresas israelíes da la medida real de la trama que Kicillof, con razón, identifica con el triunfo de mentalidades nazis, que promueven deportaciones y limpiezas étnicas.
El neo-fascismo global —que en Argentina recuerda a la última dictadura— se presenta como anti-totalitario, amante de la libertad y respetuoso de los procesos electorales (siempre que no sea derrotado). La “conciencia” de la que habla el gobernador debe venir acompañada, en ese sentido, de una agudeza de la percepción capaz de reconocer lo que se juega con la máscara y el cosplay.
El enemigo en el propio campo
La segunda dimensión tiene que ver con el balance ideológico que acompaña el proceso de descomposición dentro del peronismo. La idea de que el peronismo perdió el rumbo al volverse “progresista” (agenda de derechos humanos y de género), no viene acompañada con un entronque dinámico con el movimiento social. Es simplemente una introyección reaccionaria de elementos agresivos de la propaganda de la ultraderecha que apabulla y humilla discursivamente, teniendo a su favor lo que ya mencionamos: la consumación total del orden político en el cual actuó en su momento el progresismo político. La ultraderecha se apropia del balance extendido de aquella acción en términos de estafa.
De modo que, en lugar de profundizar cuestiones tan centrales como la memoria histórica (inseparable de un balance de lo que se jugó en el país a partir de 1976: la instauración de un patrón de acumulación que la democracia no fue capaz de sustituir; un balance de los feminismos en términos de un diagnóstico preciso de las economías neo-extractivas, de endeudamiento, y de hiperexplotación del trabajo no pago o peor pago) se asume como propia la banalización que el enemigo hace del campo propio.
En ese sentido, el balance de la experiencia del kirchnerismo, entendido como un período político que dio lo mejor de sí hace más de una década, habilita repliegues ideológicos hacia fondos doctrinales y teológicos conservadores incapaces de activar luchas populares en el presente.
El balance del kirchnerismo empieza a habilitar repliegues ideológicos hacia fondos doctrinales y teológicos conservadores incapaces de activar luchas populares en el presente.
No hay quien no precise una ética personal (que algunos llamarán “espiritual”). Lo curioso es que esa ética tome la forma de un endurecimiento personal conservador, como única forma de resistir el modo de vida de máximo empobrecimiento material y espiritual que ofrece el neoliberalismo fascistizado. La recurrencia a capas congeladas del pasado y, en el extremo, a un peronismo previo incluso al 45, con idealizaciones del elemento eclesial, militar y empresarial por sobre el plebeyo, recuerda las advertencias que hacía John W. Cooke a partir del año 55: de los cuatro pilares del peronismo inicial, burguesía, ejército, iglesia y movimiento obrero, solo queda este último.
El atractivo del retorno a un peronismo pre-peronista, completa el proceso de absorción que parece haber hecho la sociedad argentina de lo sucedido en la década del 70. Según ha escrito Javier Trimboli en su libro póstumo El virus del absoluto, la evocación del mesianismo revolucionario (en el sentido más rico y disruptivo del término: que evoca una ruptura con el orden que domina en el presente) al modo del homenaje y la reparación cerró lo que parecía que quería recuperar, normalizando aquello que en el pasado se había intentado subvertir. La reivindicación, dentro de núcleos del peronismo poskircherista, de figuras sindicales como las de José Ignacio Rucci (un hombre de ese aparato sindical que según Rodolfo Walsh actuaba como “instrumento de la oligarquía en la clase obrera”, cuyo asesinato, en el contexto de las violentas disputas internas del peronismo de los setentas, es hoy esgrimido por la derecha pro-militar en su sueño de reabrir causas por terrorismo largamente prescriptas contra las militancias de aquellos años), en detrimento de otras figuras del mundo obrero de aquellos años, como Amado Olmos, el Griego Blajaquis, Raymundo Villaflor o Agustín Tosco; o de intelectuales como el filósofo Alberto Buela (nostálgicos del nacionalismo anticomunista de inspiración franquista), en lugar de reparar en el extraordinario legado humanista crítico de un Horacio González, no nos habla de la riqueza de un movimiento inclusivo sino de una tentativa por consumar el contra-mesianismo en curso. (Movimiento que el politólogo uruguayo Gabriel Delacoste caracteriza como “verticalismo latinoamericano” a propósito de la figura misteriosa de Alberto Methol Ferré).
Parte de este movimiento, que agobia la conciencia de los dirigentes, se expresa en la atracción (minoritaria, pero persistente) que ejerce la actual vicepresidenta, sobre cuya historia pasada y reciente vinculada a la reivindicación del Estado Terrorista ya se han escrito páginas definitivas (tanto el libro La generala, de Emilia Delfino, como la abundante investigación de Luciana Bertoia).
La política internacional como premisa
La tercera dimensión que vale la pena considerar a la hora de interpretar esa “conciencia de los dirigentes” frente a la derecha extrema, tiene que ver con el dramatismo del contexto internacional. Al aislar la lectura de los conflictos mundiales de la agenda pública, y hacer de las transformaciones globales un “saber difícil”, de especialistas, se pasa por alto no solo el genocidio en Gaza, sino también el festival de deportaciones de migrantes en Europa y EE. UU. ; la militarización interna y externa de los países que se reivindican liberal-democráticos; la agresión imperialista del 3 de enero a Venezuela y el ahorcamiento con amenaza de aplastamiento de Cuba (como muestras de lo que significa la militarización como voluntad de acaparamiento de recursos naturales y territorios de valor geopolítico). ¿Es posible crear una conciencia sobre el peligro de la extrema derecha en el mundo y en la Argentina —que copia a su ritmo y escala estos ejemplos— sin discutir y posicionarse claramente sobre estas cuestiones abiertamente?
No es posible construir conciencia sobre el peligro de la extrema derecha si los conflictos globales —Gaza, las deportaciones masivas, la militarización de las democracias o las agresiones imperialistas en América Latina— quedan fuera del debate público.
Salario y libertad (¿ha muerto Maquiavelo?)
Una cuarta dimensión se refiere a la cuestión salarial. Surgen hoy en el país camadas de dirigentes y militantes intermedios en gremios y barrios de todo el país. La ausencia de una discusión seria sobre el vaciamiento actual de la democracia —del cual la prisión de Cristina Fernández de Kirchner, como la de Milagro Sala, son capítulos ineludibles— no es meramente institucional. Los actores colectivos silenciados intentarán más temprano que tarde romper con quienes se subordinan a la escena mileísta. Porque por vaciamiento de la democracia entendemos, sobre todo, la destrucción de contrapoderes sociales, sin los cuales no hay república en ningún sentido realmente significativo. Y este es otro aspecto relevante de la inspección de conciencias a la que el gobernador aludía. Milei fue notablemente claro, en su comparecencia de enero último, cuando en el Foro de Davos dijo “Maquiavelo ha muerto”. Lo ratificó el 1 de marzo en el Congreso cuando dijo que su política no era una política sino una “Moral”. No hay república si el partido de los ricos tiene más poder que el de los pobres. No hay libertad si por tal se entiende individualismo posesivo y no lucha igualitarista por la defensa de la “cosa pública”. En ese sentido, el programa en curso, en lo relativo a la destrucción de las dimensiones reproductivas del Estado, es parte de una ofensiva perfectamente coherente, que vale la pena poner en primer plano de la conciencia a la que aspiramos en el tiempo que viene.
La cuestión de la libertad está en el corazón mismo de la disputa ideológica. Seguramente por razones vinculadas al desplazamiento de la dinámica del mercado mundial hacia el Pacífico, las nuevas derechas actúan como rivales del modelo político chino, traduciendo en sus propios términos las nociones de planificación, la compulsión al trabajo y régimen estricto de vigilancia orientales en términos de rasgos dictatoriales compatibles con el contexto occidental. Dictadura política y libertad capitalista constituyen los términos aún mal ensamblados que las élites buscan ajustar. El discurso fantochesco de la libertad individual en la Argentina actual solo puede prosperar en la medida en que no se responda a esa ilusión burguesa de un desprendimiento individual de los sujetos de la trama social para mejor explotarla. Parte de la conciencia “antinazi” a que el gobernador hizo referencia supone, me parece, una reconsideración de tipo maquiaveliana de la libertad (individual) como expresión más alta de la igualdad (colectiva). La autora italo-uruguaya Luce Fabbri Cressatti, enemiga de la “mala fama” del autor de El príncipe, resalta que Maquiavelo experimentó el “orgullo moral de decir la verdad en voz alta”. Esa verdad, que abarca la reflexión sobre las técnicas de la dominación política pero también sobre el pueblo que no desea ser dominado, y que por eso conserva la ecuación entre bien común y libertad, ilumina un concepto de libertad como contrapoder, y no como individualismo propietario. Uno quisiera que un Frente Democrático o Antifascista, así como la conciencia de sus dirigentes, contuviera estas discusiones. Sería una buena manera de afirmar que ya no hay compromisos con el orden político descompuesto que creó a Milei y al que Milei desea darle larga vida.