Sociedad

“No es biología, es ideología”

Cómo el darwinismo social disfraza de “ciencia” la crueldad del mercado y la exclusión social. Introducción En los últimos años, partidos y referentes de la…

Por Mario E. Lozano

Cómo el darwinismo social disfraza de “ciencia” la crueldad del mercado y la exclusión social.

Introducción

En los últimos años, partidos y referentes de la ultraderecha global —desde Milei hasta Bolsonaro, desde Vox hasta Trump— han recuperado viejas ideas disfrazadas de biología para justificar la desigualdad como algo “natural” e inevitable. Una de esas ideas es el llamado “darwinismo social”: la creencia de que, así como ellos creen, en la naturaleza sobrevive el más fuerte, en la sociedad humana también deben ganar los que tienen más poder y recursos, mientras que los pobres, los pueblos originarios, las mujeres o las disidencias estarían “biológicamente destinados” a ocupar lugares subordinados.

Este artículo no es una clase de biología. Es una advertencia política. Porque cuando se naturaliza la desigualdad, se desactiva la posibilidad de transformarla por medio de la organización colectiva, el Estado presente y la justicia social. Defender que la evolución es cooperación, diversidad y adaptación —y no competencia salvaje— no es solo corregir un error científico: es defender una visión del mundo donde la solidaridad y la igualdad no son “antinaturales”, sino profundamente humanas. Y ahí, el peronismo y quienes pertenecemos a movimientos nacionales, populares y progresistas tenemos algo fundamental para decir.

En los últimos años, ideas que parecían desacreditadas después de las tragedias políticas del siglo XX han vuelto a ocupar espacio en los medios de comunicación, las redes sociales y parte del debate político. Discursos que presentan la desigualdad social como una consecuencia “natural” de diferencias biológicas, que describen la competencia extrema como ley inevitable de la vida o que reducen los problemas sociales a supuestas incapacidades individuales reaparecen hoy bajo formas renovadas.

Este resurgimiento no ocurre de manera aislada. Forma parte de un clima cultural más amplio en el que ciertos movimientos políticos —particularmente sectores de la nueva ultraderecha global— cuestionan activamente el valor del conocimiento experto, desacreditan la producción científica cuando contradice sus posiciones ideológicas y reemplazan el debate basado en evidencia por narrativas simplificadas emocionalmente eficaces. En ese contexto, recuperar una discusión rigurosa sobre qué dice realmente la teoría evolutiva y qué no puede decir resulta especialmente importante.

El problema no es solamente histórico. Tampoco consiste únicamente en denunciar usos políticos extremos de la biología, como ocurrió con la eugenesia o el racismo científico. El problema es más profundo: sigue existiendo la tentación de convertir descripciones biológicas en justificaciones morales y políticas. Es decir, de transformar hechos naturales —o versiones distorsionadas de ellos— en argumentos sobre cómo deberían organizarse las sociedades humanas.

El Darwinismo social representa una de las formas más influyentes, persistentes y peligrosas de ese error.

Desde fines del siglo XIX, distintas corrientes políticas y económicas intentaron utilizar la teoría de la evolución para justificar desigualdades sociales, racismo, colonialismo, eugenesia y formas extremas de competencia económica. La lógica parecía sencilla: si en la naturaleza sobreviven los más aptos, entonces las desigualdades humanas serían simplemente el resultado natural de la competencia entre individuos o grupos.

Pero este razonamiento tiene un problema profundo: confunde dos tipos de procesos completamente distintos. La evolución biológica y el cambio cultural humano no funcionan de la misma manera. Y, además, incluso si funcionaran igual, de ello no se desprendería ninguna conclusión moral sobre cómo deberían organizarse las sociedades.

En otras palabras: el darwinismo social no fracasa solo porque haya sido utilizado para justificar políticas crueles. Fracasa porque interpreta mal a la biología y porque transforma una descripción de la naturaleza en una regla moral.

Comprender correctamente la teoría evolutiva no conduce a justificar la desigualdad social. Conduce exactamente a lo contrario: a reconocer que las sociedades humanas poseen capacidades —aprendizaje acumulativo, deliberación moral, cooperación institucional— que no existen en la evolución biológica.

El origen de una idea peligrosa

Aunque suele asociarse a Charles Darwin, el verdadero arquitecto del darwinismo social fue en realidad Herbert Spencer. Spencer tomó algunas ideas generales de la teoría de la evolución y las aplicó a la economía y la política. Según él, la competencia entre individuos impulsaba el progreso social, y cualquier intento del Estado por ayudar a los pobres o regular el mercado interfería con un supuesto proceso “natural” de selección.

Poco después, Francis Galton llevó estas ideas todavía más lejos al proponer la eugenesia: la idea de que la humanidad podía “mejorarse” controlando quién debía reproducirse y quién no. Durante el siglo XX estas ideas sirvieron para justificar esterilizaciones forzadas, racismo científico y, finalmente, las políticas genocidas del nazismo. Francis era primo de Darwin. Los Galton eran cuáqueros fabricantes de armas y banqueros famosos y de gran éxito, mientras que los Darwin se distinguían en la medicina y la ciencia.

Desde sus inicios, el darwinismo social fue menos una consecuencia de la biología que una justificación ideológica de desigualdades que ya existían. Como señalaron muchos historiadores, las teorías sociales de Spencer funcionaban principalmente como una defensa intelectual del capitalismo extremo y de las jerarquías sociales de su tiempo.

La propia obra de Darwin es mucho más compleja de lo que suelen admitir los darwinistas sociales. Darwin observó que la cooperación y la solidaridad también podían favorecer la supervivencia de grupos humanos. Las comunidades capaces de colaborar, ayudarse mutuamente y cuidar de sus miembros podían prosperar más que aquellas dominadas únicamente por la competencia.

La caricatura de una naturaleza gobernada exclusivamente por la ley del más fuerte nunca describió correctamente a la biología evolutiva.

Qué dice realmente la evolución biológica

Para entender por qué el darwinismo social falla, primero debemos entender cómo funciona realmente la evolución.

La teoría evolutiva moderna sostiene que la evolución depende principalmente de dos procesos:

  • La aparición de variaciones genéticas aleatorias.
  • La selección natural, que favorece algunas variantes según el ambiente.

La palabra clave aquí es “aleatorias”. Las mutaciones no aparecen porque un organismo necesite resolver un problema. No surgen con un objetivo. La evolución no planifica, no anticipa el futuro y menos que menos persigue metas morales.

Esto es importante porque solemos imaginar la evolución como una especie de escalera ascendente hacia organismos cada vez “mejores”. Pero la evolución real no funciona así.

Uno de los principales biólogos del siglo XX, Stephen Jay Gould creía que más que soluciones óptimas, los cambios evolutivos podrían considerarse parches: arreglos improvisados trabajando sobre materiales imperfectos. Muchas innovaciones biológicas aparecen inicialmente como rarezas, desviaciones o incluso desventajas parciales.

Además, todo cambio que puede resultar en una mejora tiene un costo. Por ejemplo, nuestro gran cerebro hizo posible el lenguaje y la cultura, pero obligó a que los bebés humanos nacieran prematuramente y dependieran durante años del cuidado colectivo. Gould observó que en los mamíferos si dividía el volumen cerebral por la superficie del cuerpo, obtenía un parámetro que podía asimilar a la capacidad de pensamiento abstracto de cada animal. Pero además, observó que, si se representa este parámetro versus el tiempo de gestación de los mamíferos, se obtiene una línea recta sorprendentemente precisa: a mayor volumen de cerebro relativo al cuerpo, mayor duración de la gestación. Los humanos son la única excepción flagrante: nuestro tiempo de gestación es aproximadamente la mitad del que esa relación predice para nuestro tamaño cerebral. La razón es mecánica y brutal: si el feto esperara el tiempo “correcto”, el cráneo ya no pasaría por el canal de parto. La solución evolutiva fue adelantar el nacimiento. Mientras el resto de los mamíferos paren crías muy autosuficientes, los bebes humanos son funcionalmente prematuros, ya que nacen indefensos, dependientes, e incapaces de mantenerse en pie durante meses. Una fortaleza extraordinaria (mayor capacidad de pensamiento abstracto) quedó así soldada a una vulnerabilidad extraordinaria (crías que requieren cuidado intensivo durante años). La evolución no regala nada sin cobrar algo a cambio.

El escritor y filósofo británico Olaf Stapledon capturó esta lógica con extraordinaria lucidez en su novela de ciencia ficción Juan Raro. En ella, Stapledon imagina el surgimiento de una nueva especie humana —el Homo superior— pero con una decisión narrativa profundamente antidarwinista social: los representantes de esta nueva especie no son “superhombres” superiores en todo. Son, precisamente, bichos raros. Juan tiene capacidades asombrosas, pero es frágil, socialmente inepto, moralmente desconcertante. Sus compañeros incluyen a un músico al borde de la locura y a un niño lisiado casi monstruoso. Ninguno de ellos sería el candidato que un darwinista social elegiría como progenitor de una nueva humanidad. Y sin embargo, son ellos quienes portan el salto evolutivo.

La evolución no produce perfección. Produce compromisos. Y, sobre todo, la evolución biológica tiene una limitación central: los caracteres adquiridos no se heredan. Un atleta no transmite a sus hijos los músculos que ganó entrenando. Un científico no transmite genéticamente los conocimientos que aprendió. Cada generación vuelve a empezar desde cero para el punto de vista biológico.

Aquí aparece una diferencia decisiva con la cultura humana. La cultura humana no evoluciona como los genes. Las sociedades humanas cambian de una forma radicalmente distinta a la evolución biológica.

Las ideas, las tecnologías, las instituciones y los conocimientos sí pueden transmitirse entre generaciones. Cada generación no empieza desde cero: hereda el aprendizaje acumulado de miles de años anteriores. Un niño no necesita redescubrir el fuego, reinventar las matemáticas o volver a crear el lenguaje. Hereda todo eso culturalmente.

Esta diferencia es gigantesca.

Mientras que la evolución biológica depende de mutaciones aleatorias, la evolución cultural puede ser deliberada. Las personas inventan herramientas para resolver problemas concretos. Las sociedades modifican leyes, desarrollan instituciones y corrigen errores a partir de la experiencia histórica.

Por eso algunos investigadores señalan que la evolución cultural posee cierta afinidad estructural con algunos aspectos históricamente asociados al lamarckismo.

Jean-Baptiste Lamarck proponía que los organismos podían transmitir a sus descendientes características adquiridas durante la vida. Aunque esta teoría fue descartada para explicar la herencia biológica, la cultura humana sí permite algo parecido: transmitir conocimientos, habilidades y prácticas aprendidas.

Esto no significa que la cultura sea literalmente “lamarckiana”. Las sociedades humanas no funcionan como organismos biológicos. Pero sí significa que el cambio cultural se parece aún menos a la evolución darwiniana clásica de lo que nos quisieron hacer creer los darwinistas sociales.

La diferencia puede verse claramente en el arte y la ciencia. Ningún pintor crea desde cero. Todo artista aprende técnicas, estilos y tradiciones previas. Luego las modifica, las mezcla o las desafía. Lo mismo ocurre con la ciencia: cada descubrimiento se construye sobre conocimientos heredados. El psicólogo Michael Tomasello llamó a esto el “efecto trinquete”. Los seres humanos no solo aprenden: conservan el aprendizaje previo y construyen encima de él. Ese mecanismo acumulativo es lo que permitió el desarrollo de la civilización. Como decía Bernardo de Chartres en el siglo XII —y popularizó más tarde Newton—, si logramos ver más lejos, es porque nos subimos a hombros de gigantes. Pero el darwinismo social hace exactamente lo contrario: niega el conocimiento acumulado, toma prestada la autoridad de Darwin y la desvía para justificar la desigualdad.

Nada parecido ocurre en la evolución genética. Por eso resulta problemático utilizar la evolución biológica como modelo para pensar la política o la organización social. Las sociedades humanas poseen mecanismos de transmisión histórica, aprendizaje simbólico y deliberación moral que simplemente no existen en la naturaleza biológica.

El error lógico central

Incluso si la evolución biológica funcionara exactamente como imaginan los darwinistas sociales, su conclusión seguiría siendo incorrecta. El motivo es sencillo: de cómo funciona la naturaleza no se desprende automáticamente cómo debería organizarse una sociedad.

Este error se conoce en filosofía como “falacia naturalista”.

La naturaleza también contiene violencia, enfermedades, parasitismo y canibalismo. Y esas características fueron alcanzadas por distintos organismos que se adaptaron a su ambiente en diferentes tiempos. Pero nadie considera que esas conductas sean moralmente correctas simplemente porque existan en la naturaleza.

Confundir “lo que ocurre” con “lo que debería ocurrir” es un error lógico básico.

La evolución biológica no es un sistema moral. No distingue entre justicia e injusticia. No persigue el bien común. Simplemente describe cómo ciertas variantes sobreviven o desaparecen bajo determinadas condiciones.

Por eso la política, la ética y los derechos humanos no pueden derivarse de la selección natural. Las sociedades humanas toman decisiones morales precisamente porque poseen capacidades que la evolución biológica no tiene: reflexión, empatía, memoria histórica y deliberación colectiva.

La evolución tampoco es una guerra permanente

El darwinismo social suele representar la evolución como una competencia brutal donde solo sobreviven los más fuertes. Pero la biología moderna muestra algo muy distinto. La cooperación es uno de los motores más importantes de la evolución.

Todos los seres vivos que podemos ver a simple vista (los animales, las plantas, los hongos) existen gracias a la cooperación entre células. Las colonias de hormigas, abejas y termitas dependen de comportamientos cooperativos extremadamente complejos. Los seres humanos sobrevivieron gracias a la colaboración, el cuidado colectivo y el aprendizaje social.

Incluso las células que forman nuestro propio cuerpo son el resultado de asociaciones cooperativas. Las mitocondrias —las estructuras celulares que producen energía— descienden de bacterias que hace miles de millones de años establecieron una relación simbiótica con otras células.

Y aquí aparece un ejemplo particularmente interesante.

Los “fracasados” que cambiaron la historia de la vida

Uno de los mayores saltos evolutivos de toda la historia ocurrió cuando surgieron las primeras células eucariotas: las células complejas de las que descendemos animales, plantas y hongos.

Según la llamada hipótesis del hidrógeno, este salto evolutivo no surgió de organismos perfectamente exitosos compitiendo entre sí, sino de una asociación entre organismos metabólicamente limitados.

Una célula antigua denominada arquea dependía del hidrógeno para sobrevivir. Una bacteria producía hidrógeno como desecho metabólico. Ninguno parecía especialmente extraordinario por separado. Pero la interacción entre ambos abrió la puerta a una integración progresiva cada vez más profunda. La bacteria pertenecía a una familia de organismos que tienen un comportamiento parasitario, el arquea, era de otro linaje que había aprendido a protegerse de los parásitos. Si la bacteria hubiera sido un parásito eficiente como muchos de sus congéneres, hubiera destruido rápidamente al arquea para comerla; si el arquea hubiera tenido buenas armas de defensa, como otras arqueas, podría haber eliminado a la bacteria. Sin embargo, lo que ocurrió fue una asociación que tomó muchísimo tiempo de convivencia, hasta que dio lugar a una simbiosis estable, la célula eucariota. La bacteria se convirtió en una mitocondria y al arquea en el resto de la célula. Toda la vida compleja de la Tierra surgió de esa cooperación improbable. Una cooperación entre una bacteria ineficiente y un arquea débil, ambos probablemente parte de los miembros menos destacados y favorecidos de sus congéneres. En definitiva, fue la incompetencia mutua lo que garantizó el surgimiento de la vida multicelular, no los organismos “mas fuertes” del barrio.

Esto tiene una enorme importancia filosófica.

El darwinismo social imagina que la evolución siempre premia a los individuos más fuertes, más exitosos o más competitivos. Pero la biología real muestra algo mucho más extraño: muchas veces la innovación surge desde los márgenes, desde asociaciones imperfectas, desde organismos raros o inicialmente poco exitosos.

La evolución no avanza únicamente seleccionando ganadores. También explora combinaciones inesperadas. Si incluso la biología muestra que las grandes innovaciones pueden surgir de la cooperación y de la vulnerabilidad mutua, entonces la imagen simplificada del darwinismo social colapsa desde adentro.

El problema de naturalizar la desigualdad

Otro error central del darwinismo social es tratar las desigualdades humanas como si fueran resultados inevitables de la naturaleza.

La pobreza, la exclusión o las diferencias de poder no son productos de la selección natural. Son consecuencias de procesos históricos concretos: colonialismo, esclavitud, discriminación, acceso desigual a la educación y concentración económica. Cuando una sociedad presenta enormes desigualdades, eso no significa que unas personas sean “más aptas” biológicamente que otras. Significa que existen instituciones, estructuras económicas e historias de poder que distribuyen oportunidades de manera desigual.

Naturalizar esas desigualdades permite justificarlas moralmente. Si los ricos son ricos porque son naturalmente superiores, entonces cualquier intento de reducir la desigualdad parecería ir “contra la naturaleza”. Pero este razonamiento confunde hechos históricos con supuestas leyes biológicas.

El economista y filósofo Amartya Sen mostró que las hambrunas modernas, por ejemplo, no ocurren porque falten alimentos en términos absolutos, sino porque ciertas poblaciones pierden acceso político y económico a esos alimentos. Las desigualdades humanas son históricas e institucionales, no biológicas.

Por qué el nombre “darwinismo social” es engañoso

Existe además una ironía interesante. Como señalamos, los propios mecanismos culturales que utilizan los darwinistas sociales se parecen mucho menos a la evolución darwiniana que a ciertos aspectos históricamente asociados al lamarckismo.

Entonces vale la pena preguntarse, ¿por qué se llamó “darwinismo social” y no “lamarckismo social”?

Que los darwinistas sociales eligieran el nombre de Darwin —y no el de Lamarck— pese a la mayor similitud estructural de su razonamiento con la lógica lamarckiana, revela una elección retórica históricamente situada: en el contexto intelectual de finales del siglo XIX, Lamarck era ya una referencia en retirada mientras Darwin representaba el gran símbolo del prestigio científico moderno. Invocar su nombre otorgaba autoridad intelectual. La decisión no tuvo una base de similitud epistemológica, fue solo una burda maniobra con impacto narrativo para imponer una ideología. Cualquier similitud con la actualidad no es una casualidad.

No estamos diciendo que la cultura se comporte de la forma que describe el lamarkismo biológico, solo que el así llamado darwinismo social se parece más a esta hipótesis que a la darwiniana. Incluso si la biología hubiera resultado verdaderamente lamarckiana, seguiría siendo incorrecto derivar de ella una teoría política. Aunque la biología es compleja, la cultura lo es más.

Las sociedades humanas no son organismos biológicos gigantes. Funcionan mediante lenguaje, símbolos, instituciones, educación y deliberación moral. Poseen niveles de complejidad y mecanismos históricos que no tienen equivalente en ninguna teoría biológica.

Por eso cualquier intento de convertir una teoría evolutiva en un programa político termina cayendo en errores de categoría.

La verdadera lección de la evolución

Comprender correctamente la evolución no conduce a justificar la desigualdad social. Conduce a reconocer que los seres humanos poseen capacidades únicas: podemos aprender colectivamente, transmitir conocimientos entre generaciones, crear instituciones y corregir errores históricos.

La evolución biológica no puede deliberar moralmente. Las sociedades humanas sí. Ese es precisamente el punto que el darwinismo social no logra comprender.

La cultura humana permitió trascender muchas de las limitaciones de la biología. Creamos sistemas de salud para proteger a los vulnerables. Desarrollamos derechos humanos. Organizamos educación pública. Construimos instituciones destinadas a corregir desigualdades, a ampliar libertades, a trascender el conocimiento.

Nada de eso contradice la evolución. Surge de una forma de herencia —la transmisión cultural acumulativa— que la evolución biológica no posee.

El error fundamental del darwinismo social consiste en confundir estos niveles de explicación.

La teoría de Darwin explica cómo cambian las poblaciones biológicas a lo largo del tiempo. No explica cómo deberían organizarse las sociedades humanas.

Las preguntas sobre justicia, igualdad o derechos no pueden responderse observando la selección natural. Requieren reflexión ética, memoria histórica y deliberación política.

Y precisamente porque somos seres culturales —no simplemente organismos biológicos— podemos hacernos esas preguntas.

Lecturas sugeridas

Darwin, Charles. El origen de las especies.

Gould, Stephen Jay. Desde Darwin.

Hofstadter, Richard. Social Darwinism in American Thought.

Kevles, Daniel. In the Name of Eugenics.

Richerson, Peter y Robert Boyd. Not by Genes Alone.

Sen, Amartya. Development as Freedom.

Tomasello, Michael. The Cultural Origins of Human Cognition.

Juan Raro, Olaf Stapledon

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