“Es un partido de fútbol, no busquemos otra cosa. Es un partido de fútbol, punto.”
Lionel Scaloni, 11.07.2026
Al menos en occidente, los intereses privados tienden a prevalecer sobre lo público en todos los ámbitos de nuestra vida. Y el fútbol no escapa a esa situación. En el fondo, lo que está en disputa bajo la apariencia de una confrontación geopolítica entre estados, es la prevalencia de un determinado modelo de gobernanza global sobre otro. Del lado del capitalismo financiero nor-atlántico, los intereses corporativos, monopólicos, elitistas, llegaron a tal nivel de concentración que han abandonado por completo toda pretensión –aún cuando sea una apariencia- de igualdad, y apuntan a la selección de los más aptos y el descarte de los más débiles.
Al no ofrecer lugar para contener a todos, el mensaje supremacista es su consecuencia natural.
Las corporaciones que dominan la inteligencia artificial y las grandes plataformas digitales y vienen trabajando planificadamente para debilitar la capacidad de acción de la autoridad pública. La regulación pública es un obstáculo a sus intereses. Y en el otro costado de la relación estado-sociedad, han desatado la máxima fragmentación y caotización de los colectivos sociales, de modo de desactivar el sentimiento de solidaridad y destruir su capacidad para actuar como sujetos políticos. Estado débil e ineficiente y autoridad política deslegitimada, por un lado, y sociedad fragmentada hasta el híper-individualismo por el otro, conforman el caldo de cultivo perfecto para el autoritarismo.
En otros momentos de la historia, el agente de este autoritarismo fue el propio Estado totalitario, pero éste ha cedido la vanguardia a los monopolios privados.
Las grandes plataformas, ya se trate de fondos de inversión, colosales laboratorios trasnacionales, fábricas de armamento o servidores que manejan el e-commerce, los datos para controlar y manipular las relaciones interpersonales, o la inteligencia artificial, han avanzado en el ejercicio de funciones que siempre fueron eminentemente estatales: controlan magnitudes dinerarias superiores al presupuesto público de muchos Estados, son propietarios de grandes extensiones de territorio, manejan flotan de aviones y de transporte marítimo, fluvial y terrestre, lideran el salto tecnológico, fijan la escala de prioridades de la agenda e inciden de manera determinante en el comportamiento social.
Asimismo, financian proyectos de investigación y desarrollo y simposios y encuentros internacionales para modelar las convicciones de los formadores de opinión (empresarios, jueces, dirigentes, periodistas) que concurren a ellos, y orientar así el sentido de la opinión pública.
El fútbol, como parte muy gravitante de la cultura universal, como lenguaje universal de los pueblos en palabras de Eduardo Galeano, no podría nunca haber quedado al margen de esa gran tendencia global, o tal vez mejor, occidental. Para eso había que financierizar al fútbol como se lo hizo con el trabajo en el campo y las cosechas o las viviendas, inclusive de las personas más humildes.
La fase financiera del fútbol le ha ganado una inmensidad de terreno a su aspecto lúdico, puramente deportivo.
Las mayores masas de dinero no surgen del compromiso duradero del jugador con su divisa, sino de la frecuencia con que es transferido. Así como el usuario alimenta el algoritmo con sus preferencias para que éste se enriquezca, es el hincha es el que mantiene económicamente a las grandes industrias que componen el negocio del fútbol. El negocio ha logrado, inclusive, adaptar las reglas deportivas a sus propios intereses. ¿Cuánto perdería el sponsor de la indumentaria de los grandes ídolos si alguno de ellos no pudiera jugar el partido inaugural de un mundial por causa de una tarjeta amarilla obtenida en la eliminatoria?
Por eso hubo que modificar el reglamento en ese aspecto.
Aun así, los dispositivos del capitalismo financiero paroxístico y amoral son tan eficaces, que han encontrado también la manera de mantener vigente la pasión por la divisa, aunque por ella circulen decenas de jugadores por temporada que no se identifican con ella. O mejor dicho, simulan identificarse golpeando su corazón con el puño, aunque horas después hagan lo mismo con otra divisa rival. Con tal de recrear la necesidad de consumo para vender y vender, sacan al mercado una indumentaria por año y han convertido en un ícono a las camisetas alternativas y a las que se utilizan en la entrada en calor de los equipos. El núcleo de la adhesión no es el amor duradero de un gran jugador por su camiseta, sino que pasa por la industria que la diseña.
El capitalismo financiero es tan eficiente que utiliza al amor por el juego de la pelota como una de las mercancías más poderosas del mundo.
Copa de clubes y copa de estadosHace varios años que sostengo que la industria del fútbol financiero iba a propender a que las copas mundiales de clubes remplazaran en la pasión y el interés público –en especial entre las generaciones más jóvenes- a las copas mundiales entre estados nacionales, como una forma más de hacer prevalecer lo privado sobre lo público. Sin embargo, la irrupción de Trump con sus políticas proteccionistas y su estrategia de recuperar las relaciones bilaterales entre estados frente a la dilución del Estado que presuponían los organismos supranacionales a consecuencia del ultra-liberalismo de las últimas décadas, puso en suspenso esa tendencia a suplantar al Estado por el club (el cual, en el primer mundo es una gran empresa).
Pero el poder permanente en los Estados Unidos y el sistema nor-atlántico no reside en Trump ni en ningún otro presidente, sino en el denominado “deep-state” o “Estado profundo”. Y ante la recuperación del amor por las nacionalidades, ha puesto en pausa el remplazo de la copa de estados por la de clubes, aunque esta se siga realizando. A la vez, ha buscado la forma de optimizar los rendimientos financieros de la copa entre Estados, reavivando la pasión que esta última sigue despertando.
La complacencia de la FIFA para adoptar para el fútbol la estética propia de los espectáculos deportivos estadounidenses, incluida la llamada “pausa de hidratación”, o el auge de las empresas de apuestas constituyen sendas demostraciones.
La rentabilidad de la copa mundial entre estados nacionales, más allá de la crisis política por la que estos atraviesan, sigue vigente. La nacionalidad expresa un vínculo, una serie de pasiones y tradiciones compartidas y un anhelo de destino común, que son valores cuya fuerza las grandes ligas de clubes pueden desafiar, pero aún no han logrado sustituir.
Como queda dicho, la corporación privada puede ofrecer muchos servicios que por su naturaleza corresponden al Estado, pero no irradia, o al menos hasta el momento no ha podido irradiar sentido de pertenencia a nivel de masas.
En grandes zonas del planeta, como América Latina, las grandes mayorías se corresponden con los sectores más humildes.
Quizás debido a la insuficiencia de sus recursos materiales, los humildes suelen reconocerse en experiencias colectivas, compartidas, colaborativas, que conectan mucho más con el sentimiento “nacional”, como signo de pertenencia.
Salvo excepciones, el acceso a los estadios durante la última copa del mundo estuvo reservado a segmentos sociales con alto poder adquisitivo. El valor de los pasajes y las entradas resultó prohibitivo para la economía de un trabajador. En el caso de Argentina, el aliento en las canchas fue muy importante porque esparció y contagió el espíritu nacional por el mundo. Allí estuvo lo nacional.
Pero fue mucho más masivo aún el respaldo de los humildes en los bares, en las plazas públicas, o conformándose con vivar a sus ídolos sólo mientras los ven pasar por un instante en un ómnibus descapotado.
Los sectores sociales más pudientes tienen, en cambio, la posibilidad económica de prescindir del Estado, y reemplazarlo por las empresas privadas en campos como el esparcimiento, la educación, la salud o la seguridad. El Estado se les presenta lejano, muchas veces obsoleto, carente del dinamismo propio de las firmas privadas de vanguardia. De allí su indiferencia respecto del Estado, en el mejor de los casos, cuando no su propensión a que el Estado se aparte de sus vidas. Sustituyen la ayuda estatal por la autosuficiencia con la que pueden manejarse. La familiaridad con que resuelven sus problemas mediante el dinero atraviesa todos los planos de la vida cotidiana y esto, entre otros muchos factores, los torna partidarios de toda aquella medida que se presente como “des-reguladora”.
Quien remueva todo obstáculo puesto por el Estado será calificado como un buen gobernante.
Los ricos, al tener sus expectativas satisfechas, muchas veces por encima de lo que estrictamente necesitan, pueden contentarse con lo que les brinda una empresa. Pero los humildes no.
Los humildes encuentran en su pertenencia a un colectivo humano y social una compensación a su falta de recursos materiales.
Cuando esta asimetría social se naturaliza con el paso del tiempo y se desplaza hacia el plano de la construcción del sentido común, entre ese desprecio de lo público, lo asociativo, y la conversión de los clubes sin fines de lucro en grandes sociedades privadas, media nada más que un paso. Y con el remplazo de la copa mundial entre estados por la copa mundial entre clubes, nada más que otro.
Pero hasta ahora, el poder financiero globalizado no lo pudo lograr.
El Estado, entendido en este caso como expresión del sentimiento de nacionalidad, de pertenencia, sigue siendo el gran aglutinante social, es en esa afectividad donde las mayorías más humildes se sienten reconocidas.
Las mega-corporaciones, con su concepción elitista de la vida, con su discurso supremacista, con su cultura del descarte de los menos aptos, no han logrado relevarlo.
La disputa por la gobernanza global
Es en esta cuestión profunda donde reside la presente disputa por la gobernanza global. A raíz de la buena reputación que han obtenido respecto de sus usuarios, las mega-empresas se sienten mucho más legitimadas para ejercer esa gobernanza que la mayoría de los sistemas políticos que administran los Estados.
La vida cotidiana de muchas personas –sus compras, su información, sus inclinaciones culturales, sus viajes, su esparcimiento, sus relaciones personales- dependen mucho más de las empresas que del Estado.
Perciben que el Estado es, por el contrario, un escollo. Para el modelo de gobernanza empresaria, corporativa, es necesario derribar cuanto antes todas las barreras estatales, la soberanía estatal. Hipócritamente, las barreras estatales que se suprimieron para dar libertad comercial y financiera a los grupos privados más poderosos, vuelven a alzarse contra los inmigrantes que sufren las consecuencias de esa misma des-regulación estatal.
Personas que, precisamente, emigran perseguidas por la miseria a que las condenan las políticas impulsadas por y para los sectores de poder.
El problema es que en la naturaleza de la corporación está la maximización de su ganancia privada como objetivo único y excluyente, y eso se convierte en el eje organizador de la gobernanza en manos de las grandes corporaciones. En cambio, en la naturaleza de la administración estatal está el interés común, la implementación de un modelo de convivencia, organizada alrededor del disfrute de los bienes de propiedad común. Aún el peor gobierno estatal encontrará algún punto de conexión con lo comunitario, valor que está conceptualmente ausente en el modelo de gobernanza privada. Y, en todo caso, si un gobierno o un sistema político desnaturaliza ese propósito fundador que es administrar correctamente los bienes universales para favorecer la convivencia y fomentar la igualdad de oportunidades, lo que se debe hacer es corregir la desviación, rectificar el camino, pero nunca erradicar el concepto de gobierno en manos de la autoridad política, democráticamente elegida.
La diferencia sustancial entre dejar la gobernanza en manos de una autoridad pública o de una corporación privada reside en cuáles son los intereses en nombre de los cuales se gobierna.
En caso de que la autoridad política que gobierna el Estado se corrompa, el elemento a eliminar es la corrupción, no la política.
Dado que transitamos una época de profunda deslegitimación de la política por parte de la estrategia comunicacional de las grandes corporaciones que pugnan por remplazarla, la trasparencia de la política –siempre indispensable- se torna más imperativa que en ningún otro momento de la historia, para no otorgarle ese argumento al poder monopólico privado. El Estado es la herramienta de los humildes. No sólo en el aspecto puramente económico, sino como aglutinante social, como contención, como aquel agente capaz de viabilizar el anhelo de reconocimiento que todo ser humano necesita sentir de parte de su grupo social.
El sentido de pertenencia, un valor existencial y espiritual más que económico, que genera el Estado, es irremplazable, y por lo tanto torna insustituible al Estado mismo.
La naturaleza del Estado y la economía
“Todos los seres humanos nacen libres e iguales”, “Toda persona tiene todos los derechos y libertades”, consagran los artículos 1 y 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la cual es una fuente de derecho obligatoria para todos los Estados firmantes de la misma. Es decir, la persona humana es sujeto de derechos, pero no todas las personas gozan de los mismos en igualdad de condiciones. Y no me refiero aquí a las diferencias devenidas de las distintas capacidades, méritos y esfuerzos personales que surgen de la singularidad, otra condición inherente a la persona.
Me refiero al impedimento que padecen determinadas personas y grupos sociales a consecuencia de los abusos que sobre ellos ejercen otras personas, físicas o jurídicas, mucho más poderosas.
¿Cuál otra institución que no sea el Estado puede bregar para restablecer cierto equilibrio en la sociedad para posibilitar el acceso a esos derechos vulnerados y violentados por la inequidad y la injusticia social? ¿Qué otro responsable que no sea el Estado de tomar la palabra de quienes no tienen voz, de asumir la representación de los intereses de quienes por sí mismos no están en condiciones de hacerlo?
Sin embargo, el Estado no puede cumplir con su obligación de garantizarlo debido a la presión que sobre él ejercen los grupos privados más poderosos.
Más allá de sus culpas propias, a las que ya me he referido más atrás, son esos mismos poderes fácticos extra-estatales y transnacionales los que se encargan a través de toda una maquinaria de planificación económica y financiera, y a través de sus aparatos ideológicos e industrias culturales, de modelar la imagen del Estado como anacrónico, ineficiente y corrupto. ¿Cómo reconquistar entonces el poder necesario para que el Estado reasuma sus responsabilidades, sin alterar los intereses de esos grupos monopólicos que pujan por remplazarlo en el comando de la gobernanza global?
Este es el eje de la disputa geopolítica de nuestros tiempos.
No se trata de una categoría económica, sino de una concepción filosófica. Imaginemos que perecieran los miles de millones de personas que habitan la Tierra, y que sólo sobreviviera un puñado de seres humanos para reconstruir el planeta en condiciones muy primitivas. Veríamos que de ese manojo de personas algunas tomarían naturalmente para sí la responsabilidad de salir a cazar animales para el alimento y el abrigo, que otras cultivarían la tierra, otras estudiarían para tratar de sistematizar los fenómenos naturales y usarlos en beneficio de la especie, otras los contemplarían y los expresarían de una forma artística.
Y algunas de ellas tratarían de organizar todas esas actividades humanas para armonizar la convivencia.
Si al nacer una persona, esta quedara librada a su exclusiva suerte, no podría sobrevivir. Durante todos sus primeros tiempos de vida necesitará de protección y colaboración de parte de sus semejantes. No hay vida sin comunidad. El individualismo –entendido como ese egoísmo que se ha puesto de moda para renegar del otro, no como la necesaria subjetividad de cada persona- deviene con el tiempo, pero no es parte de la naturaleza humana. Lo natural es la colaboración, la solidaridad, la convivencia.
No hay comunidad sin algo o alguien que la organice, y esa figura, desde hace varios siglos, es el Estado tal y como lo conocemos. Y esa tarea de administración del uso y goce de los bienes públicos requiere de recursos materiales. Es decir, cada miembro de la comunidad tiene que colaborar con esa organización. Esos son los impuestos.
La economía, la administración de los bienes materiales, es una disciplina social.
Necesita de la matemática como herramienta, pero no es una disciplina de naturaleza matemática. Debe adecuar la matemática a las necesidades humanas, no a la inversa. La economía es una sapiencia de carácter social, no una ciencia exacta. Los números están al servicio de una vida satisfactoria, no a la inversa.
Toda concepción ética que se precie de humanista debe resguardar este orden de prelación.
En síntesis, partimos de algunas premisas básicas. El Estado, más allá de que adopte un sistema presidencialista o parlamentario, de que el parlamento tenga una sola cámara o dos y de que el máximo tribunal de justicia posea tres, cinco o veinte miembros, es una institución imprescindible para la convivencia.
Destruirlo es simplemente conspirar contra la vida en sociedad, y no hay otra vida humana que no sea en sociedad.
Los impuestos
Para alivianar un poco el tono de estas líneas, busquemos el ejemplo de una playa en una localidad turística, que las hay, edificada sobre unos acantilados. Para llegar al mar hay que descender varias decenas de metros por las escaleras distribuidas en distintos puntos del poblado. Esas escaleras, sólidas, seguras, muy bonitas algunas de ellas, fueron construidas hace muchos años y se mantienen muy bien gracias a la acción de las autoridades municipales. El pueblo desborda de actividad turística a lo largo del año, principalmente por el atractivo de varios kilómetros de playas muy amplias.
Da trabajo a muchos jóvenes y desarrolla servicios de todo tipo.
Muchos años atrás, era imposible acceder a las playas desde las alturas salvo para los baqueanos. Hizo falta la iniciativa de las autoridades y mucho trabajo humano para convertir esa belleza natural en un bien de disfrute público. La construcción y el mantenimiento de las prolongadas escaleras en lugares estratégicos con barandas para protegerse de las caídas, los miradores –por poner un par de ejemplos- costó y sigue costando dinero y esfuerzo.
Imaginemos que, en el marco de las políticas libertarias que nos gobiernan y de cierta moda vigente, los concesionarios de los paradores, las cadenas de bebidas y snacks que se consumen en las playas, los fabricantes de artículos náuticos, nos dijeran: “damos trabajo, somos los responsables de multiplicar la riqueza, no tenemos por qué pagar impuestos.
¡Los políticos que administran el pueblo son una casta que sólo sabe hacer negocios para ellos! ¡Bajen los impuestos, eliminen los impuestos!”
¿Perdón? ¿Quién va a realizar esos trabajos de infraestructura y mantenimiento si no es la autoridad política, pensando en el interés general? Porque un privado puede efectuar alguna obra, pero sólo para garantizar su inversión, no pensando en todo lo que necesita la comunidad integralmente. ¿Y cómo van a bajar a la playa sin las escaleras que construyó la autoridad pública? ¿Cómo lograr que los turistas que consumen esas ventas privadas circulen seguros por las calles sin un poder de policía que lo garantice? ¿Cómo mantener la limpieza para que los espacios públicos por donde transitan las personas que les compran a ustedes –actores privados- no se conviertan en un chiquero? ¿Cómo diseñar los circuitos turísticos para asegurar la renta privada de la cual ustedes disfrutan?
Sin esas garantías que sólo brinda la administración política de los bienes públicos, los privados no estarían en condiciones de generar esa riqueza o de dar ese trabajo que aducen dar. Para ello hizo falta trabajo, dedicación, planificación, mantenimiento, iniciativa, imaginación.
Todo eso sostienen nuestros impuestos.
La infraestructura y la conectividad son obras iniciadas hace muchos años y llevadas a cabo a través del tiempo, y los privados pueden funcionar y lucrar gracias a ellas. Para eso son los impuestos, con ellos se retribuye el trabajo de muchas generaciones conectado a través del tiempo por la autoridad pública.
Es decir, se sostiene ese trabajo en el presente y se lo proyecta hacia el futuro.
Una vez asimilado este concepto, pasemos a ver si se lo hace con idoneidad, eficiencia, equidad y transparencia. Pero aún si no fuera así, eso no invalida el concepto. Es un tremendo error, muchas veces planeado por los monopolios de la comunicación, creer y hacer creer que la riqueza proviene únicamente del inversor privado. En todo caso, de afectarse alguno de aquellos valores (idoneidad, eficiencia, equidad o transparencia) por vía de lo que comúnmente llamamos “corrupción”, hay que proceder a corregirlo, pero no a poner en cuestión la naturaleza, la necesidad o la propia existencia del sistema tributario.
Desde la autoridad pública hay que garantizar que el sistema tributario funcione correctamente, porque de no ser así, perderá legitimidad y permitirá que penetre socialmente el discurso que lo cuestiona, tal como sucede actualmente.
Cuando las deficiencias de una política pública no son rectificadas desde la propia política y desde la propia autoridad pública, se adueñan de su denuncia los intereses particulares. Y no lo harán para corregirlas, sino para eliminarlas lisa y llanamente, en su propio provecho.
Eso es lo que hace el discurso libertario.
Nada más que fútbol…
Volvamos al fútbol. Como dice Pablo Alabarces, en un país como la Argentina el fútbol es una máquina cultural que fabrica nacionalidad. La llegada del fútbol a nuestro territorio fue contemporánea al arribo de aquella diversidad de procedencias inmigrantes de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y brindó los espacios para que a raíz de aquella confluencia se combinaran idiomas, costumbres y religiones dando como resultado una identidad y un lenguaje compartido. La inmigración modificó la estructura social de nuestro territorio. Añadió nuevos oficios, nuevas profesiones, nuevos saberes, y ocupó el amplio vacío social preexistente entre las clases oligárquicas en el extremo superior de la pirámide y el gaucho, la china y el indio en la base inferior de la misma. Gestó nuestra conocida clase media, que nos distinguió de otros estados de Latinoamérica. Y lo hizo muchas veces al precio de crear en esos mismos inmigrantes que no dejaban de ser europeos y sentir cierta nostalgia de superioridad, un cierto desprecio por la población de raíz indígena.
Pero, aun cuando renegáramos de nuestra estirpe indoamericana, si hay una crítica que no podemos aceptar es que seamos un país de comportamientos racistas respecto de los inmigrantes.
Si portamos rasgos de discriminación, no están dirigidos a las corrientes inmigratorias principalmente europeas de aquellos tiempos, sino más bien a los hermanos de otros pueblos latinoamericanos que llegan muchas veces desahuciados en busca de un destino. En ese caso, hay un borde difuso entre racismo y clasismo.
No es desprecio al inmigrante como tal, al inmigrante como extranjero, como sucede actualmente en Europa y en Estados Unidos respecto de latinos, asiáticos y africanos, sino al inmigrante pobre.
Pero de eso no fuimos “acusados”, fuimos acusados de no tener afrodescendientes directos en el plantel de nuestro seleccionado, como sí los tienen las selecciones europeas. Como es lógico, los formadores de opinión y de climas sociales, son principalmente –aunque no únicamente- los segmentos sociales más pudientes. Esos sectores son de tez blanca y alto porte físico, el fenotipo del europeo atávico, clásico, los que poblaron los estadios en este último mundial. Nos criticaban masticando “bronca”, porque en el fondo, se sienten incómodos de que en sus equipos no fueran todos “rubios y de ojos celestes”, como lo eran antaño. Como lo eran antes de que esos mismos países centrales ahogaran tanto a los pueblos africanos hasta que los obligaron a emigrar masivamente.
Nos criticaban porque hubieran preferido que nuestro seleccionado compartiera ese “desaire” que para ellos significa tener negros en sus equipos.
Sin tener en cuenta que la población afrodescendiente en la Argentina es históricamente mucho menor que en otros países de la región, como resultado de la temprana abolición de la esclavitud, aunque también existieran a lo largo de nuestra historia ostensibles prácticas de invisibilización.
La Argentina no desarrolló un sistema discriminatorio de la misma naturaleza y magnitud que los Estados Unidos y otros territorios del subcontinente. La abolición de la esclavitud, junto con otras particularidades de nuestra estructura económica y social, favoreció la incorporación de parte de la población afrodescendiente a la sociedad. Pero no eliminó las desigualdades ni las prácticas racistas. En suma, la historia argentina no puede asimilarse a un régimen de segregación equivalente al estadounidense, ni tampoco a una sociedad que haya superado el racismo. Pero calificar a la selección argentina como “racista” por la sola poca presencia de futbolistas negros es, cuanto menos, un reduccionismo.
En la Argentina existe el racismo, pero la composición étnica de nuestra selección no es un argumento idóneo para condenarnos. ¿Y a partir de cuándo nos comenzaron a criticar? A partir de que nuestro seleccionado demostró un coraje y una vocación de triunfo que ellos no tuvieron, y doblegó a otros equipos que ellos, que llegaron al mundial como favoritos, no pudieron doblegar. En el fondo, es esa ética ligada a la pertenencia la que muchas veces los extranjeros no se pueden explicar.
O, mejor dicho, los extranjeros de las potencias colonialistas, porque los pueblos que fueron colonizados no sólo la entienden, sino que se identifican con ella.
En nuestro país, la extensa presencia de los clubes de barrio constituye un fenómeno social; estructura nuestra sociedad. Allí se encontraron históricamente –y se encuentran hoy- niñas, niños y jóvenes provenientes de orígenes muy diferentes entre sí. Y a partir de esa tradición compartida, en las tribunas de los estadios dialogan las y los jóvenes con los adultos, las personas pobres con las personas ricas, las personas con distintas profesiones, de distintas ideologías, de distintas procedencias geográficas. La escuela pública, que antes desempeñaba ese papel, hoy ocupa mucho menos espacio de tiempo en la formación de los jóvenes y ha perdido esa centralidad.
Debemos volver a esa tradición, pero en la actualidad ese lugar está mucho más cubierto por los clubes que por las escuelas públicas.
¿Por qué un hincha argentino se siente orgulloso de pertenecer a un club, aunque haga años que no le da grandes triunfos?, se preguntan Alabarces y José Garrriga Zucal. Porque, aun cuando comparativamente se caracteriza al deportista argentino como muy competitivo, no se trata sólo de resultados, sino de pertenencia, de mutuo reconocimiento: se trata de una memoria compartida, que es el potrero, que sos vos a cococho de tu viejo cuando te llevó a la cancha por primera vez y más adelante tu hijo a cococho tuyo. No en vano “Pelota de trapo” o “El hincha” son películas icónicas, que retrataron desde el arte popular esa identidad, quedaron grabadas en la memoria colectiva y trasmiten valores de generación en generación que se preservan aún en aquellas personas jóvenes que ni siquiera saben de su existencia.
¿El fútbol argentino racista? Pero si el racismo es la discriminación, el desencuentro. Y fue precisamente el fútbol lo que vino a constituir una identidad allí donde no la había, un lenguaje común basado en el encuentro de todas las procedencias.
En todo caso, sí debemos reconocer que el fútbol adquiere un valor social y político que lo convierte en un campo de apetencia para el poder.
La selección argentina tuvo el respeto mayoritario de nuestro pueblo, aunque no siempre despertara el mismo grado de apasionamiento de los últimos años. En esta última etapa se combinaron esencialmente dos factores. Por una parte, un equipo de trabajo, una comunidad entre jugadores y cuerpo técnico identificada no sólo con un estilo de juego, sino con valores muy sensibles para nuestro pueblo, como la contracción al esfuerzo, y al mismo tiempo el coraje. Y el patriotismo, mezcla de barrio y nacionalidad.
Pese a ser celebridades en Europa, y engranajes de una maquinaria infernal como la industria financiera del fútbol, los jugadores no perdieron ni la frescura ni la identificación con los colores celeste y blanco, como lo dijo Messi en su despedida.
Por la otra parte, la necesidad de una sociedad mayoritariamente fragmentada y maltratada por crisis sucesivas, de encontrar un factor que le devolviera, aunque parcial y temporariamente, cierto grado de unidad y de identidad. Por ser parte de aquel hilo conductor que representa el fútbol en la memoria colectiva de la Argentina, y a raíz de esa identificación lograda entre el pueblo y la selección, las victorias de ésta no pudieron atribuírselas ningún gobierno, ningún banco, ningún empresario: el pueblo las sintió como victorias propias.
Según Pablo Alabarces, la selección de fútbol y luego “las Malvinas son argentinas” funcionaron como uno de los últimos bastiones de identidad compartida en una sociedad rasgada por la crisis.
Un factor de identidad comparable con la familia, con la escuela, con el barrio, pero donde lograron encontrarse decenas de miles de familias, de escuelas, de barrios.
¿Por qué la política no se plantea el desafío de hacer una gran convocatoria para que nuestros recursos naturales, nuestras tierras y mares inagotables, la calidez de nuestro pueblo, nuestras prestigiosas Universidades e Institutos de Investigación, nuestro sistema científico y tecnológico, nuestros talentos artísticos y científicos, nuestra industria otrora potente, sean sentidos también como un factor de identidad colectiva para reconstruir un gran proyecto de nación, un gran proyecto de país?
Un proyecto que, así como la selección logra que nos abracemos millones de argentinos que no podemos convivir semanalmente como rivales en un mismo estadio, proponga caminar hacia un horizonte de grandeza colectiva que vaya más allá de nuestras miserias cotidianas. Y formar una comunidad no sólo racional, sino de afecto, de pertenencia. De sentirnos dueños no sólo de nuestra “propiedad privada individual”, sino de nuestra propiedad colectiva, que es la riqueza inmensurable que sigue atesorando la Argentina a pesar de haber sido reiteradamente saqueada. Y formar así una coalición invencible, como lo fue esa comunidad lograda entre los jugadores y nosotros, las y los hinchas, para vencer a Inglaterra. En este caso venceríamos a su equivalente a nivel de toda la Patria, a los que la depredaron cabalgando no sólo sobre su propio poder, sino sobre nuestra desunión y nuestra complacencia.