Sociedad

Brasil 2026: elecciones y desafío

El 4 de octubre de 2026, Brasil acudió a las urnas con 158,7 millones de electores en unos comicios decisivos donde la presidencia se definirá en el balotaje del 25 de octubre. La primera vuelta dejó un escenario más adverso de lo previsto para el oficialismo: Flávio Bolsonaro (PL) sorprendió al quedar en primer lugar frente al presidente Luiz Inácio Lula da Silva (PT), consolidando el avance de la derecha en el Congreso y en los estados clave. Ante una polarización que se mantiene intacta y desafía todas las encuestas, el campo popular enfrenta ahora un sprint de tres semanas para dar vuelta la elección.

07/10/2026

Por Flavio Turne

Introducción

Brasil votó el 4 de octubre de 2026 con 158,7 millones de electores habilitados. Se eligieron 27 gobernadores, dos tercios del Senado y la Cámara de Diputados completa; la presidencia se define en el balotaje del 25 de octubre.

La elección enfrenta dos proyectos de país. De un lado, Luiz Inácio Lula da Silva (PT), que busca un cuarto mandato para profundizar la reconstrucción iniciada en 2023. Del otro, Flávio Bolsonaro (PL), heredero político de un expresidente condenado por intentar un golpe de Estado y candidato abiertamente respaldado por Donald Trump.

El resultado confirmó, con más crudeza de lo previsto que el bolsonarismo sigue en pie. Flávio Bolsonaro terminó primero, contra lo que anticipaban casi todas las encuestas, y la derecha salió fortalecida en el Congreso y en los grandes estados. Edinho Silva, presidente del PT, lo había dicho con honestidad en la última semana: no logramos derrotarlo y la polarización persiste. Esa tarea pendiente es ahora urgente: el campo popular tiene tres semanas para dar vuelta la elección.

La primera vuelta

Según el Tribunal Superior Electoral (TSE), con el 100% de las urnas escrutadas, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,0% de los votos válidos (56,1 millones) y Lula el 45,2% (53,9 millones): una diferencia de 2,2 millones de votos. Otros tres candidatos superaron el 2%: Augusto Cury (Avante), 2,9%; Renan Santos (Missão), 2,2%; y Ronaldo Caiado (PSD), 2,2%. Blancos y nulos sumaron 4,8%.

En la primera vuelta de 2022, Lula había sacado 57,3 millones de votos y Jair Bolsonaro 51,1 millones. Cuatro años después, Lula pierde unos 3,4 millones de votos y la derecha gana casi 5 millones. La clave estuvo en la estrategia de Bolsonaro: instaló la idea de que había que adelantar el voto útil y concentrar todo el voto antipetista en la primera vuelta, con la promesa de ganar sin balotaje. No le alcanzó, pero logró que la derecha llegara concentrada detrás de un solo candidato. El bolsonarismo no solo conservó su base, la amplió.

Un error de lectura compartido

En la recta final, buena parte del campo progresista —en Brasil y en la región— percibió al bolsonarismo más desmovilizado que en 2022 y a la campaña de Lula en ascenso. Las calles parecían confirmarlo: el cierre de Lula en São Paulo fue multitudinario. Pero la movilización de la derecha fue sobre todo electoral, no callejera. Con actos bastante más chicos que en campañas anteriores, Bolsonaro sumó casi 5 millones de votos más que su padre en 2022, concentrados por el voto útil. Y el cambio de clima que generaron el Desenrola (el programa de renegociación de deudas de las familias) y la prohibición de las apuestas reanimó a la base propia del PT, pero no alcanzó al electorado en disputa. Subestimar al bolsonarismo fue el error que Edinho Silva ya advertía; corregirlo es la primera condición para el balotaje.

Quiénes quedaron en el camino

Tres candidatos superaron el 2% y, junto al resto, concentran los 9,3 millones de votos que ahora disputan las dos campañas. Augusto Cury (Avante, 2,9%, tercero), psiquiatra y escritor de gran popularidad, hizo una campaña por fuera de la grieta, centrada en la salud mental, la inteligencia emocional, la educación en tiempo completo y una gestión “humanizada”; tras la elección se declaró en neutralidad absoluta y se llamó a silencio, sin autorizar a nadie a hablar en su nombre. Renan Santos (Missão, 2,2%), fundador del MBL, intentó transformar la militancia digital en proyecto de poder nacional con una derecha liberal distante del bolsonarismo —privatizaciones, reforma del Estado— y la violencia urbana como problema central; fuerte entre los más jóvenes, no declaró apoyo y dejó a su electorado en libertad. Ronaldo Caiado (PSD, 2,2%), exgobernador de Goiás y figura de la derecha tradicional, articuló su programa alrededor del combate al crimen organizado, bajo el lema “Mucho para mostrar, nada para esconder”; el 6 de octubre anunció en Goiânia, junto a Tarcísio de Freitas, su apoyo a Bolsonaro (“243 municipios van a estar con vos”), apartándose de su partido: el PSD de Gilberto Kassab se mantiene neutral. Ese mismo día también se sumaron Romeu Zema (Novo) y los partidos PP y Unión Brasil, que habían sido neutrales en la primera vuelta; el MDB sigue neutral, y Republicanos y Podemos aún no definieron. Cury y Renan no apoyan a ninguno, pero el perfil de su electorado también juega a favor de la derecha: una encuesta de Quaest de la víspera estimaba que Bolsonaro se llevaría el 60% de los votantes de Renan, el 43% de los de Caiado y el 34% de los de Cury. Es el mismo patrón de 2022, cuando el voto de los demás candidatos fue mayoritariamente a Jair Bolsonaro, y por eso pesa en los escenarios del balotaje.

Las encuestas fallaron.Datafolha (1 de octubre) daba a Lula 42% contra 38% de Bolsonaro, y AtlasIntel 45,3% contra 42,2%. Como en 2022, el voto a la derecha fue subestimado, y el voto útil hacia Bolsonaro en la recta final pesó más de lo medido.

El mapa que queda

Bolsonaro ganó en 14 estados y el Distrito Federal, y Lula en 12. Lula arrasó en los nueve estados del Nordeste (66% en Bahía, 63% en Pernambuco y Ceará, 71% en Piauí), pero perdió con claridad en el Sudeste: São Paulo (52% a 38%), Río de Janeiro (53% a 39%) y Minas Gerais (48% a 43%), el estado que suele anticipar al ganador. Tarcísio de Freitas fue reelecto gobernador de São Paulo en primera vuelta, con 62,8% contra 36,2% de Fernando Haddad.

El mapa del voto, en números (TSE)

RegiónBolsonaroLulaVentaja
Norte (7 estados)5,01 M4,55 MBolsonaro +0,46 M
Nordeste (9 estados)10,40 M21,49 MLula +11,10 M
Centro-Oeste (3 estados y el DF)5,13 M2,96 MBolsonaro +2,17 M
Sudeste (4 estados)24,90 M19,24 MBolsonaro +5,66 M
Sur (3 estados)10,52 M5,48 MBolsonaro +5,04 M
Exterior0,14 M0,16 MLula +0,01 M
Total56,10 M53,88 MBolsonaro +2,22 M

El Nordeste le dio a Lula 11,1 millones de votos de ventaja: 4 de cada 10 de sus votos salieron de allí. Pero fuera de esa región Bolsonaro ganó por 13,3 millones. El Sur y el Centro-Oeste, con mucho menos electorado que el Sudeste, le dieron 7,2 millones: son los bastiones más duros del bolsonarismo, con Santa Catarina (66,7%), Mato Grosso (65,2%) y Paraná (59,9%) a la cabeza. Solo el estado de São Paulo le dio 3,4 millones de ventaja, más que toda la diferencia nacional: Lula ganó la capital, pero perdió el estado por casi 14 puntos, el doble que en 2022. Además de todo el Nordeste, Lula ganó tres estados de la región Norte, la amazónica: Pará, Amazonas y, por apenas 0,04 puntos, Amapá. Para el balotaje hay dos caminos complementarios: recuperar en el Nordeste el nivel de 2022 —unos 3 puntos más, que valen cerca de 2 millones de votos— y achicar la diferencia en el interior paulista y en Minas Gerais.

Resultado por estado (TSE, 100% escrutado). Porcentaje de votos válidos en cada estado; la ventaja, en cantidad de votos.

RegiónEstadoBolsonaroLulaVentaja
NorteAcre64,56%28,73%Bolsonaro +168.037
NorteAmapá45,67%45,71%Lula +225
NorteAmazonas45,00%48,23%Lula +70.232
NortePará44,50%49,91%Lula +263.280
NorteRondônia67,45%25,89%Bolsonaro +402.321
NorteRoraima71,06%22,86%Bolsonaro +156.902
NorteTocantins50,44%43,42%Bolsonaro +65.312
NordesteAlagoas40,45%54,73%Lula +259.741
NordesteBahía28,53%66,17%Lula +3.222.186
NordesteCeará31,27%63,29%Lula +1.798.413
NordesteMaranhão30,90%63,99%Lula +1.327.261
NordesteParaíba33,07%61,31%Lula +709.750
NordestePernambuco31,03%63,45%Lula +1.815.928
NordestePiauí24,09%70,99%Lula +1.006.682
NordesteRio Grande do Norte34,77%59,75%Lula +517.470
NordesteSergipe30,63%62,75%Lula +438.180
Centro-OesteDistrito Federal51,31%38,11%Bolsonaro +233.989
Centro-OesteGoiás53,60%31,06%Bolsonaro +863.008
Centro-OesteMato Grosso65,15%29,18%Bolsonaro +716.900
Centro-OesteMato Grosso do Sul58,60%34,68%Bolsonaro +356.496
SudesteEspírito Santo54,78%37,76%Bolsonaro +383.166
SudesteMinas Gerais48,24%43,33%Bolsonaro +588.612
SudesteRío de Janeiro53,01%39,41%Bolsonaro +1.273.823
SudesteSão Paulo51,93%38,20%Bolsonaro +3.416.610
SurParaná59,91%31,20%Bolsonaro +1.890.748
SurRio Grande do Sul55,64%35,73%Bolsonaro +1.279.024
SurSanta Catarina66,65%25,04%Bolsonaro +1.872.852
ExteriorVotos en el exterior43,49%47,57%Lula +13.487
TotalBrasil47,03%45,16%Bolsonaro +2.224.965

En el Senado, se renovaron 54 de las 81 bancas. El PL eligió 19 senadores y tendrá desde febrero de 2027 la mayor bancada, con 28; el PT eligió 6 y tendrá 9. Le siguen MDB (8), Republicanos y PP (6 cada uno), Unión Brasil y PSD (5). Entre los electos de la derecha están Michelle Bolsonaro y Bia Kicis por el Distrito Federal, y Guilherme Derrite y André do Prado por São Paulo, que derrotaron a Simone Tebet y Marina Silva, aliadas de Lula. Es el dato más preocupante de la noche: el Senado es la cámara que juzga a los ministros del Supremo Tribunal Federal —el máximo tribunal de justicia del país— y donde el bolsonarismo viene empujando el juicio político a Alexandre de Moraes.

Veinte estados eligieron gobernador en primera vuelta y siete (Acre, Amazonas, Distrito Federal, Espírito Santo, Río Grande do Norte, Río de Janeiro y Tocantins) van al balotaje. El PT retuvo sus tres bastiones del Nordeste: Bahía (Jerônimo Rodrigues, 55,8%), Ceará (Elmano de Freitas, 53,2%) y Piauí (Rafael Fonteles, 70,9%). El PL ganó cinco: Paraná (Sergio Moro), Río Grande do Sul (Luciano Zucco), Santa Catarina, Rondônia y Roraima. Los tres estados más grandes del Sudeste quedaron en manos de la derecha o la centroderecha: Tarcísio de Freitas reelecto en São Paulo con 62,7% frente a Fernando Haddad, Cleitinho Azevedo (Republicanos) en Minas Gerais, y Río de Janeiro en balotaje.

Abstención y desmovilización

Votó alrededor del 79% del padrón; la abstención fue de 21%, unos 33 millones de personas, casi igual que en 2022. No hubo el derrumbe de participación que se temía, pero tampoco la movilización extra que el campo popular necesitaba.

La campaña fue una de las menos movilizadas desde la redemocratización. En 2022 no votó el 21% del padrón, y para 2026 se esperaba una abstención igual o mayor. Una encuesta de Travessia mostraba que cerca del 40% asociaba la elección con desánimo o descreimiento, y que uno de cada cinco electores no sabía si iría a votar.

La crisis interna del Supremo Tribunal Federal y el fraude del Banco Master alimentaron un sentimiento antisistema que la derecha intentó capitalizar. Pero el esquema de Daniel Vorcaro se gestó bajo el gobierno de Jair Bolsonaro, y fue el gobierno de Lula el que lo desarticuló y llevó al banquero a prisión. Bolsonaro, en cambio, está investigado por la Policía Federal por sus vínculos con Vorcaro.

El giro de Lula

En las últimas dos semanas el PT dio vuelta un clima apático: radicalizó la agenda y le puso nombre al adversario, la injerencia de Estados Unidos. Lula no se prestó a los debates armados por los grandes medios, y por primera vez TV Globo perdió peso en un cierre de campaña. El giro reanimó a la base propia, sobre todo en el Nordeste y entre los más pobres, pero no alcanzó para revertir la ventaja de la derecha en el Sudeste. La lección sigue en pie para el balotaje: cuando hay agenda propia y conflicto, la izquierda crece; en la calma chicha, se diluye.

Tres medidas que tomó hablan directamente a la mayoría trabajadora. El fin de la escala laboral 6×1 —seis días de trabajo por uno de descanso—, que baja la jornada de 44 a 40 horas sin reducir salarios y que el Senado ya lo está tratando; la prohibición de las apuestas online, y el Desenrola 3.0, con el que el Estado compra deudas de las familias con descuentos de al menos 90%. Bolsonaro, en su cierre, se pronunció contra el tratamiento del 6×1: ahí queda claro de qué lado está cada uno.

Otro de los temas centrales fue el de la soberanía.El arancel de Trump, las sanciones al juez Alexandre de Moraes y el apoyo explícito de Washington a Bolsonaro convirtieron la soberanía en eje de la elección. El PT pidió al tribunal electoral investigar la injerencia, y Lula dejó claro que el país no aceptará injerencia externa en sus decisiones.

Lula cerró en la calle, con un acto multitudinario. Varias decenas de miles de personas colmaron las 18 cuadras del recorrido entre la Avenida Paulista y la Plaza Roosevelt, muy por encima de las 15 mil que la propia campaña había previsto. Junto a Haddad, Marina Silva y Simone Tebet, Lula planteó la elección como democracia y soberanía contra barbarie y corrupción. Reivindicó haber llevado a prisión a la banda que estafó a la Seguridad Social y al banquero Vorcaro, prometió que el fin del 6×1 se aprobará la semana próxima y anunció que el nuevo mandato será el de la revolución educacional y tecnológica. Pidió a los mayores de 70 que voten (“tengo 80 y me siento un chico de 15”), convocó a que nadie descanse hasta el cierre de las urnas y proclamó que la Paulista es del pueblo, no de la derecha. Bolsonaro eligió motocaravanas en el interior paulista y en Río, junto a Tarcísio, repitiendo el libreto de su padre en 2022.

Fe y redes internacionales

En el país con más católicos del mundo, Nuestra Señora Aparecida es una fibra identitaria y popular. A fines de septiembre circuló que Bolsonaro impulsaría quitarle el título de patrona; el único proyecto en ese sentido es de 2007 y está archivado, Bolsonaro lo negó y GloboNews se rectificó. El tema siguió en la campaña: el PT lo incorporó a su cierre y el presidente del partido, Edinho Silva, advirtió que la ultraderecha estaba instalando un conflicto religioso inédito en Brasil. Pesa porque el voto se parte por religión: Lula gana entre católicos y Bolsonaro entre evangélicos (Datafolha, septiembre). Bolsonaro depende de las grandes iglesias pentecostales, como la de Silas Malafaia: le aseguran ese voto, pero lo exponen ante el electorado católico.

Marco Rubio y Fernando Cerimedo

El secretario de Estado de EEUU es la cara de la presión de Washington: impulsó las sanciones al juez Moraes y participó de la recepción de Trump a Bolsonaro en la Casa Blanca. Cerimedo, consultor digital argentino vinculado a Milei y a Eduardo Bolsonaro, difundió tras el balotaje de 2022 la falsa tesis de fraude: en una transmisión en vivo del 4 de noviembre afirmó, con documentos falsos, que las urnas electrónicas fabricadas antes de 2020 no habían sido auditadas y habían registrado más votos para Lula de lo “estadísticamente justificable”. La Policía Federal lo incluyó en el “núcleo de desinformación y ataques al sistema electoral” de la trama golpista, aunque la Procuraduría General decidió no acusarlo. En esta campaña, el PT pidió investigar si trabajaba para Bolsonaro. Y el 18 de agosto de 2026 fue detenido en el aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra, cuando intentaba volar a la Argentina, sospechado de participar en un ataque a balazos contra su exesposa, Nadia Beller, ocurrido el día anterior. Ambos expresan una misma red: presión diplomática y maquinaria digital de la ultraderecha regional, con Argentina como nodo.

Cuatro escenarios para el 25 de octubre

Lula debe recuperar 2,2 millones de votos en tres semanas. El PT tiene que traer de vuelta a quienes votaron a Lula en 2022 y esta vez no lo hicieron, movilizar a los 33 millones que no fueron a votar —sobre todo en el Nordeste y entre los más pobres—, achicar la diferencia en el Sudeste y disputar los votos de Cury y de los candidatos menores, que no tienen dueño.

Bolsonaro parte con 2,22 millones de ventaja, y quedan 9,3 millones de votos de otros candidatos para repartir (3,4 millones de Cury).

EscenarioSupuestoLulaBolsonaro
1. Se repite 2022Los votos de otros candidatos se reparten como en el balotaje de 2022: 30% Lula, 70% Bolsonaro47,5%52,5%
2. Según las encuestasVotantes de Cury: 45% Lula, 35% Bolsonaro. Caiado, Zema y Renan: 26% Lula, 45% Bolsonaro. El resto anula48,7%51,3%
3. Voto útil ya absorbidoVotantes de Cury como en el escenario 2. Los de Renan, Caiado y el resto se reparten parejo: 40% Lula, 40% Bolsonaro. El resto anula49,2%50,8%
4. RemontadaEl escenario 2, más Lula recuperando su nivel de 2022 en el Nordeste y en el estado de São Paulo50,3%49,7%

La historia no ayuda: en 2022 Lula ganó la primera vuelta por 6,2 millones y el balotaje por solo 2,1, porque el voto de los demás candidatos fue mayoritariamente a Bolsonaro. Ganar es posible, pero exige todo a la vez: disputar el voto de Cury y, sobre todo, volver a los números de 2022 en el Nordeste y en São Paulo. Con eso, Lula daría vuelta la elección por unos 700 mil votos. Son proyecciones mecánicas, propias, basadas en datos del TSE y encuestas de transferencia de Datafolha y Meio/Ideia: muestran lo que hace falta, no predicen el resultado.

Otra hipótesis a tmar en cuenta, el voto útil ya hizo su trabajo. Las encuestas de transferencia —Quaest, Datafolha, Meio/Ideia— preguntaron a los votantes de Cury, Renan y Caiado antes de la primera vuelta. Pero entre esas encuestas y la elección operaron el llamado de Bolsonaro al voto útil y la concentración del antipetismo. Los números lo sugieren: en la víspera, Datafolha daba a Caiado (4%), Renan (3%), Cury (3%) y Zema (1%) el 11% de los votos válidos, y en las urnas sacaron 7,6%. En el mismo lapso, Lula quedó prácticamente igual (de 45% a 45,2%) y Bolsonaro subió cinco puntos, de 42% a 47%. Si los votantes de esos candidatos más cercanos a Bolsonaro ya se pasaron en la primera vuelta, los que se mantuvieron fieles son, justamente, los más reacios a votarlo: una derecha liberal o tradicional que eligió no acompañarlo aún bajo la presión del voto útil, y el electorado de Cury, por fuera de la grieta. En ese caso, el 60% de transferencia que Quaest le asignaba entre los votantes de Renan, o el 43% entre los de Caiado, estaría sobreestimado. Con un reparto parejo de esos votos, Bolsonaro seguiría adelante, pero por 1,9 millones de votos en lugar de 3 (escenario 3); y si se suma la recuperación del Nordeste y São Paulo, Lula ganaría por unos 1,8 millones, 50,8% a 49,2%. Es una hipótesis y no una certeza: parte de esa diferencia puede deberse al margen de error de las encuestas, parte de la subida de Bolsonaro vino también de los indecisos, y solo las encuestas posteriores a la primera vuelta permitirán confirmarla. A eso se suma que, después de la elección, Caiado y Zema se pronunciaron por Bolsonaro: los dirigentes no trasladan sus votos de manera automática, pero empujan en esa dirección y le restan algo de fuerza a esta hipótesis. Aun así, a efectos analíticos, nos parece válido incorporarla. Pero tiene una consecuencia política clara: el voto de los terceros sería menos hostil de lo que parece, y valdría la pena disputarlo con un mensaje propio, de seguridad para los votantes de Caiado y Renan y de salud mental y educación para los de Cury.

La abstención —21%, 33,4 millones de personas— es casi quince veces la diferencia entre Bolsonaro y Lula. Como señala Matías Caciabue, allí conviven dos ausencias distintas: la de los mayores de 70, uno de cada diez electores, con voto optativo y la abstención más alta (en 2022 votó apenas el 41%); y la de jóvenes de sectores populares de los grandes centros urbanos, a quienes la política ya no logra interpelar. La abstención no se repartió por igual: creció en el Sur, el Sudeste y el Centro-Oeste, pero cayó en el Norte y el Nordeste. El Nordeste votó más que el promedio nacional —18,4% de ausentes frente al 21,1% del país—, con Ceará como el estado de mayor participación de Brasil (15,5% de abstención) y Alagoas como el de mayor ausentismo de la región. En cambio, los tres estados más grandes se abstuvieron por encima de la media: São Paulo 22,5%, Minas Gerais 22,8% y Río de Janeiro 23,3%. La abstención más alta del país fue la de Mato Grosso do Sul, con 23,9%, donde Bolsonaro sacó el 58,6% contra el 34,7% de Lula. Bolsonaro ganó en los cuatro estados con más abstención (Mato Grosso do Sul, Río, Minas y São Paulo, todos por encima del 22%); Lula, en ninguno. No todo ese universo es disputable —una parte es estructural: padrón desactualizado, mudanzas, enfermedad— y en 2022 la participación subió apenas 0,4 puntos entre vueltas. Pero ahí está el margen que puede definir el balotaje, y el objetivo más concreto son quienes votaron a Lula en la primera vuelta de 2022 y esta vez no: sacó 3,4 millones de votos menos que entonces. Recuperarlos es más directo que convencer a un votante de la derecha.

La lectura de Lula

El 5 de octubre, en la reunión con la coordinación de campaña, Lula atribuyó la abstención al desinterés: “Posiblemente hay una causa: desinterés. Y la responsabilidad es nuestra”. Pidió que la campaña identifique sus propios errores en vez de concentrarse en los del adversario, y reconoció déficits en su comunicación: “Voy a tener que hacer más radio, más selfies, voy a tener que conversar más”. También descartó abandonar la calle —”no sabría hacer política sin eso”— y recordó 2006, cuando enfrentó a Alckmin y creció casi 12 millones de votos en la segunda vuelta, aunque admitió que el desafío de hoy es distinto. La estrategia que salió de esa reunión prioriza ampliar en el Nordeste y volver a enganchar a los que no votaron, antes que disputar a los votantes de los demás candidatos.

El 6×1 como bandera. Como dijimos, el Senado empezó a tratar el fin de la escala 6×1. Es la gran oportunidad del PT: una medida que beneficia directamente a la mayoría trabajadora —el 69% gana hasta dos salarios mínimos—, con amplio apoyo social, y que obliga a Bolsonaro y a los senadores a tomar posición. Bolsonaro ya la criticó. Si se aprueba antes del 25 de octubre, Lula llega al balotaje con una conquista concreta; si la derecha la frena, el PT tiene un adversario con nombre y apellido. En ambos casos, el 6×1 permite correr la elección del terreno del antipetismo al de la vida cotidiana: trabajo, descanso y salario.

Salud y protección social. Junto al 6×1, la campaña del balotaje se apoya en medidas que llegan directo a la vida cotidiana: el aumento del Bolsa Família de R$ 600 a R$ 691 y la promesa de distribuir gratis por el SUS los medicamentos inyectables contra la obesidad —las llamadas “canetas emagrecedoras”— para pacientes con indicación médica, con prioridad para quienes esperan una cirugía bariátrica. Es una medida de alto impacto popular, aunque todavía no tiene fecha ni costo definidos, y la oposición ya la cuestiona como electoral. Bolsonaro, en cambio, centrará su campaña en el endeudamiento de las familias y la seguridad.

Desarmar el voto útil. La derecha ya no puede pedir el voto útil: en el balotaje hay dos opciones. La campaña tiene que convertir la elección en una comparación de proyectos —el 6×1, el Desenrola, la soberanía, el caso Master— y no en un plebiscito sobre Lula.

Los desafíos de Brasil hacia adelante

1. La batalla cultural pendiente. El bolsonarismo dejó de depender de Jair Bolsonaro: se volvió una fuerza con capacidad hegemónica. Edinho Silva reconoce que el PT perdió la disputa de valores y no logró dialogar con los sectores que esa corriente conduce. Ese es el primer frente, gane quien gane.

2. Los ingresos de la mayoría trabajadora. El gobierno de Lula recuperó el crecimiento y llevó el desempleo a mínimos históricos, pero la vida cotidiana todavía no refleja esos números: el 69% de los trabajadores ocupados gana hasta dos salarios mínimos, unos 620 dólares por mes. Como admite Edinho Silva, la economía de las familias trabajadoras está lejos de lo que queremos. El fin del 6×1 y el Desenrola son el camino para cerrar esa brecha.

3. Gobernabilidad y reforma política. Un Congreso fragmentado, y ahora con el PL como primera fuerza en ambas cámaras, controla buena parte del presupuesto mediante las enmiendas parlamentarias. El programa de Lula plantea una reforma política para acercar la representación a la sociedad; el PT propone el voto por lista partidaria y límites a esas enmiendas. Con el nuevo Congreso, esa reforma se vuelve más necesaria y más difícil a la vez.

4. Instituciones bajo presión. La crisis del Supremo y el caso Master erosionaron la confianza en la Justicia. El PT retoma una reforma del Poder Judicial, en un clima donde cualquier cambio será leído como disputa política.

5. Soberanía. La presión de Trump, el poder de las grandes tecnológicas y la maquinaria de desinformación de la ultraderecha ponen en juego la autonomía política y digital del país. El programa de Lula propone un Consejo Nacional de Soberanía Digital para regular las plataformas: sin soberanía digital no hay democracia plena. Caciabue lo plantea como el problema de fondo: las fuerzas populares construyeron su potencia organizando la comunidad —sindicatos, movimientos sociales, organizaciones territoriales—, mientras el neofascismo opera directamente sobre individuos aislados y permanentemente conectados, a través de algoritmos y plataformas. “Donde la política abandona la sociedad, el algoritmo se encarga de no dejar ningún espacio vacío”. La pregunta no es solo cómo ganar votos, sino cómo volver a organizar la comunidad y politizar el malestar.

6. Modelo de desarrollo. Brasil tiene la segunda reserva mundial de tierras raras, nuevos yacimientos de petróleo y capacidad para producir energía limpia a gran escala. El desafío es usar esos recursos para la transición energética y la industria, y no volver a un esquema solo exportador.

7. Brasil en la región. Para el politólogo José Luis Fiori, la elección es “una gran batalla geopolítica global”: enfrenta el alineamiento incondicional con Estados Unidos e Israel que representa Bolsonaro con la política de Lula a favor de un mundo multipolar, que rechaza el intento de Washington de reconstruir su poder imperial por la fuerza. Fiori advierte que el mayor obstáculo histórico para un Brasil fuerte vino de adentro, de élites civiles y militares subordinadas a Washington. Una victoria de Bolsonaro, sostiene, sacaría a Brasil de los BRICS y lo sumaría al bloque de seguridad que EEUU arma con los gobiernos de derecha de la región; una de Lula, junto al México de Claudia Sheinbaum y un eventual cambio de gobierno en Argentina, abriría un bloque progresista de los tres países más grandes de América Latina. Con buena parte de Sudamérica gobernada por la derecha, el resultado define el equilibrio de fuerzas en la región. Para los procesos populares latinoamericanos, incluida la Argentina, la decisión de Lula de asumir agendas radicales es un ejemplo a seguir.

Conclusión

El 4 de octubre dejó a la derecha adelante y al campo popular frente a un balotaje cuesta arriba. Lula necesita sumar alrededor de dos millones de votos en tres semanas: movilizar a quienes no fueron a votar en sus bastiones, achicar la diferencia en el Sudeste y disputar el electorado de Cury y de los candidatos menores. El fin del 6×1, que el Senado empieza a tratar el 6 de octubre, puede ser la bandera que ordene esa disputa. El regreso del bolsonarismo sería una tragedia: alineamiento automático con Washington y retroceso en el 6×1, la soberanía y el lugar de Brasil en la región.

La pregunta de fondo es cómo convertir una mayoría social que vive con menos de dos salarios mínimos en una mayoría política estable. Se hizo mucho: el país volvió a crecer, el desempleo está en mínimos históricos, el Desenrola alivió el endeudamiento de millones de familias y el fin del 6×1 está en debate. Pero falta mucho más, y el panorama parlamentario es muy desfavorable: con el PL como primera fuerza en el Senado y un Congreso que controla buena parte del presupuesto, el camino institucional es cuesta arriba. La reforma política y la mejora de los ingresos son tareas imprescindibles, pero ninguna avanzará sola. Frente a poderes económicos, mediáticos y parlamentarios aferrados a sus privilegios, solo el protagonismo popular puede sostener las disputas necesarias para mejorar la calidad de vida de las amplias mayorías. Se pueden ganar elecciones, pero a condición de organizar la comunidad y ganar la calle.

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