Me pidió José que escriba sobre vos y pensé mucho antes de aceptar. No sabía si mi texto iba a estar a la altura del personaje y mientras escribo pienso que te reirías de que te llame personaje, y lloro. Pero nadie me ve.
Entonces pienso que lo mejor sería empezar por el principio. La primera vez que hablé por teléfono con Beto Pianelli fue en septiembre de 1996. Hacía diez días que era delegada de boletería en la línea A y había un paro nacional convocado por el Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA). Toda la semana había recorrido el sector para convencer a mis compañeros y compañeras de adherir a la huelga, y el día del paro, cuando entra el último turno, me doy cuenta de que la mayoría había ido a laburar. Solo 25 habíamos adherido a la medida y en el sector trabajábamos 102.
Yo estaba deprimida. Pensaba: ¿en dónde me metí?, hice todo mal, no sirvo para esto. Estaba muy bajoneada, entonces llamo por teléfono a la casa de mi amigo Manuel, uno de los que había adherido al paro y que vivía con otro compañero, de la línea E, que no conocía, y que resultó ser Beto.
Entonces yo le digo a Manuel: esto es un desastre, la gente no entiende nada, no sirve de nada lo que hago. Y Manuel me dice: esperá que te voy a pasar acá con una persona que te quiere hablar. Le pasa el teléfono y me dice: hola, me llamo Beto, ¿me explicás cuál es tu problema?
Y le conté… Terminamos la conversación y yo era otra. Beto me había atravesado, había cambiado mi perspectiva. Me acuerdo de una de las frases: todo esto que no te gusta se puede cambiar. Tenés que tener paciencia, lo vamos a cambiar.
Beto tenía esa cualidad de atravesar a las personas que conocía, de transformar a quienes lo rodeaban.
Postales de la época, en plena década del 90: ambos trabajábamos en el subte recién privatizado. Individualismo. Miedo a perder el trabajo. Lazos sociales rotos. Retiros voluntarios y se ponían una cancha de pádel. Menemismo y pizza con champagne. Despidos y manejaban un remís. El neoliberalismo en auge y Beto que hablaba de cambiar.
Tardé varios días en aceptar escribir, hasta que entendí que a vos no te importaría si el texto no me sale tan lindo de la tristeza que tengo. Vos me dirías que lo publique igual, que es mejor que no hacer nada. Y vos no te merecés que yo no haga nada.
En definitiva, Beto fue un gran hacedor de grupos, un tejedor de redes. Tenía la voluntad de hacer, creía en el hacer y supo tener la paciencia con el otro, para esperarlo, para abrazarlo, hasta hacer grande este colectivo.
Tuvo, además, la confianza de saber que ese colectivo nos iba a llevar a nuestros objetivos. A nuestros nobles y ambiciosos objetivos colectivos.
Beto nos enseñó a organizarnos, a unirnos, primero a los que pensábamos igual. Ahora, la verdadera unidad, decía Beto, era unirse con el distinto, con el que no piensa tan igual. ¿Cómo se hace esto? Buscando uno o dos puntos en común y dejando de lado las diferencias secundarias o circunstanciales; eso lo dejábamos para después. Entonces te unís por el objetivo común en base a uno o dos puntos de acuerdo, y vamos todos. En el camino somos un montón y esa unidad es la que te hace más fuerte.
Obviamente que después nunca se hablaba de esas diferencias, primero porque somos sindicalistas, pero, sobre todo, porque el propio camino te iba marcando que lo único que importaba eran los objetivos en común.
Tardé varios días, sí, pero después entendí que la mejor manera de homenajearte no era un texto perfecto. Que ahora que mucha gente está hablando de vos, estarías conforme si nadie miente en tu nombre y si cuento unas cuantas verdades sobre lo que fuiste. Agradezco que, esta vez, se trate de un texto y no de un discurso, así puedo parar y llorar, otra vez.
Entonces, Beto daba cátedra de unidad, pero no solo en el discurso, lo hacía en lo cotidiano. Fue así como llegamos hasta acá. Esa unidad nos permitió las conquistas históricas. A los metrodelegados nos gustan mucho los títulos rimbombantes, por eso decimos: las conquistas históricas que tuvo el subterráneo y el premetro en los últimos treinta años; la reducción de la jornada laboral de 48 a 36 horas semanales; el salario digno; el sistema justo de ascensos y promociones; la bolsa de trabajo y la incorporación de los tercerizados a planta permanente. Nos llena de orgullo haber peleado contra el acomodo y haber conseguido para todos el derecho a progresar, que una compañera de limpieza, antes tercerizada, haya podido ascender y ahora sea conductora.
Beto transformó la vida de miles de personas. Sabía mejor que nadie que solo no podía, por eso iba por la vida convenciendo a la gente a su alrededor de que pelear era posible, de que el cambio era posible.
Esas frases grandilocuentes también las copiamos de vos. Y ahora me alegra haber aceptado escribir la nota porque me voy acordando de cosas que decías, de algunas ideas locas e imposibles, cuando se te ocurrió que inflemos con helio cien mil globos negros —cien mil querías— y que los soltemos en una cabecera porque la democracia sindical estaba de luto. Entusiasmado como un chico, hasta que averiguamos el precio del tubo de helio y fin de la idea.
En los últimos años, Beto se volcó intensamente al tema del asbesto, desde que nos enteramos de la contaminación en la red. Dedicó sus esfuerzos al proceso de desasbestización del subterráneo y el premetro. Junto a la Secretaría de Salud Laboral, se informó, hizo contactos, generó espacios de trabajo con el objetivo claro de lograr una ley nacional de mapeo para identificar los lugares con asbesto, para que las autoridades se hagan cargo del problema y empiecen a tomarlo en serio, como hicimos nosotros bajo tierra.
Y sería correcto decir que Beto había hecho del sindicato una trinchera. Pero a Beto no le alcanzaba con un sindicato, por eso buscaba alianzas con otros gremios y pregonaba la unidad de las centrales sindicales.
Por eso fundó, junto a compañeros de Chile y Brasil, la Coordinadora Internacional de Sindicatos de Metro (CISM). Pero a Beto tampoco le alcanzaba con esto. Creía en la construcción política de la clase trabajadora. Siempre estaba en esa búsqueda. Los últimos años se había abocado a la construcción de Patria y Futuro.
Porque en definitiva Beto siempre quiso cambiar este mundo por otro sin explotadores ni explotados.
Ahora que el texto es un hecho y sabiendo que no quedó nada importante que no nos hayamos dicho, te cuento que me encantaría repetirte un montón de cosas… Me hubiera gustado enojarme menos porque vivías tan rápido y me pedías todo para ayer. La vida se nos escapa de las manos, siempre lo supimos y a vos te tocó irte primero, pero a mí me tocó quedarme sin vos.
La última vez que hablamos por teléfono, dos días antes de su muerte prematura, y con ese humor tan lindo que tenía, me dijo: ¡tengo un gran corazón! No lo digo yo, lo dijo el cardiólogo. Acababan de entregarle el resultado de un Eco Doppler.
Cualquiera que te haya conocido sabe que el médico tenía razón.