Venezuela bolivariana
Internacional

La “transición” en Venezuela: la revolución en tiempos de protectorados

La “transicion” en venezuela oculta el asedio externo: entre sanciones y presiones, el chavismo enfrenta como sostener su proyecto sin renunciar a su horizonte.

Por Juan Carlos Monedero
De Frente al Futuro #1

El debate sobre una supuesta “transición” en Venezuela oculta, según Juan Carlos Monedero, el contexto de asedio internacional y disputa geopolítica en el que se desarrolla el proceso bolivariano. Entre sanciones, presiones externas y conflictos internos, el chavismo enfrenta el dilema histórico de las fuerzas transformadoras: cómo sostener un proyecto político en condiciones adversas sin renunciar a su horizonte emancipador.

La “amenaza” global del chavismo

La “revolución bolivariana” tuvo siempre más éxito en pelear contra el neoliberalismo, que en ese momento estaba en su apogeo, que en superar los problemas estructurales históricos de Venezuela. Tampoco es extraño. Hablaba Fernando Coronil en El Estado mágico, que Venezuela nunca fue un virreinato porque carecía de minas. Tuvo que contentarse con una capitanía general para gestionar el comercio del cacao, lo que no ayudó a consolidar institucionalmente la administración. El siglo XIX estuvo atravesado de una permanente guerra civil (que fue vinculando el poder político con las élites criollas) y en el siglo XX, cuando empezó a articularse el Estado, el petróleo ya era la principal riqueza, lo que impidió que los clivajes —las líneas de tensión— de clase tuvieran efectos virtuosos al no extraerse la renta a los trabajadores sino fuera del país. El Estado rentista estaba servido.

Para superar los problemas históricos de un país hace falta, al menos, una generación y, lo que no es un detalle menor, que la posición geopolítica de los EEUU no ponga palos en las ruedas. En España se murió Franco hace 50 años y, como se dice con crudeza, todavía le huelen los pies al franquismo. La judicatura está llena de franquistas (con una desproporcionada presencia del Opus Dei), los partidos de la derecha son franquistas y las principales televisiones son amables con el franquismo. Chávez siempre tuvo una agenda inmediata y otra a largo plazo.

La Venezuela chavista, la que acabó con el analfabetismo, devolvió la dignidad a los barrios, hizo una de las Constituciones más avanzadas del mundo, empezó a cuidar a los ancianos, abrió hospitales, escuelas y universidades, construyó casas para el pueblo, unió al continente con la Unasur y la Celac, le devolvió la dignidad a los barrios olvidados, y sigue con la agenda de avances pendientes que se inició con la victoria de Chávez en 1998. La compleja situación actual después del 3 de enero sirve para, precisamente, seguir avanzando o detener el proyecto bolivariano. Avanzar no significa, como pretende la oposición representada por María Corina Machado —que reclamó el bombardeo norteamericano de su propio país— y que no ha sido capaz de ganar elecciones en el país, desmantelar los logros alcanzados. Todo lo contrario.

Teorías interesadas sobre la transición a la democracia

La ciencia política, la misma que ha estado enredada durante décadas con la mentira de que la democracia norteamericana era el ejemplo de democracia para el mundo, intenta hoy comparar el momento actual de Venezuela con la España a la muerte de Franco. La Venezuela asediada por el ejército más poderoso del mundo —y que además posee armas nucleares que podría usar— es incomparable con aquella España de la transición. Es solo una justificación para ocultar el hecho incontrovertido y más relevante: el presidente constitucional Nicolás Maduro, y la diputada y primera dama Cilia Flores, han sido secuestrados por otro país en una declaración de guerra de facto. 

La ruptura del “mundo basado en reglas”, al que recientemente también ha enterrado una inquietante Alemania con declaraciones de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Layen, y del canciller alemán Friedrich Merz, ha evitado que el gobierno de Trump cumpla con los trámites que se exigen en Estados Unidos para un acto como el que tuvo lugar el 3 de enero.  De ahí que el senador republicano Rand Paul echara en cara al secretario de Estado, Marco Rubio, la ilegal actuación: “¿es que si un país invadiera EE. UU. y secuestrara a nuestro presidente y a la primera dama no sería un evidente caso de declaración de guerra?”, le preguntó el republicano. Es importante no olvidar esto, porque el presidente Nicolás Maduro está en Nueva York como prisionero de guerra.

Se está jugando con la idea de la transición para intentar borrar de un plumazo el pasado bolivariano y la victoria electoral de Chávez en 1998, victoria que se logró pese a todos los intentos de EE. UU. para evitar ese resultado. 

La llamada “transición” venezolana intenta borrar de un plumazo la historia del proceso bolivariano iniciado con la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998.

En el papel de “ejecutora” estaba la entonces secretaria de Estado, Madeleine Albright (la Marco Rubio de Clinton), a la que la democracia le importaba bien poco. En esa farsa quiere hacerse como si el secuestro de Maduro fuera equiparable a la muerte biológica de Francisco Franco, un dictador que dio un golpe contra la II República con ayuda de Hitler y Mussolini, que masacró a los maestros y a los intelectuales, que asesinó a 200 mil españoles (Lorca todavía es un desaparecido), que desterró a 500 mil republicanos, metió en cárceles condenados a trabajos forzosos y torturas a 350 mil que no secundaron el golpe, y robó, según estimaciones de organizaciones civiles, a 300 mil hijos de mujeres republicanas presas (las fuentes historiográficas reconocen 40 mil casos). De manera que, en nombre de la honestidad intelectual, no parece sensato comparar un proceso político nacido de la victoria en las urnas de Hugo Chávez con la victoria militar de un dictador apoyado por la Alemania nazi y la Italia fascista.

Además, la Transición española no tuvo lugar con el mar Mediterráneo, el Cantábrico y el Atlántico repletos de barcos y aviones cargados de bombas y misiles, en una suerte de cerco medieval. Como si hubieran robado las riquezas de España para generar un levantamiento popular o como si el ejército de EEUU hubiera conminado al franquismo a disolverse, cuando lo que hizo fue todo lo contrario. Porque la misma lógica imperial de EEUU —y esa sí que es la misma— es la que condujo la Transición en España para que no ganara la izquierda y la que ha estado intentado tumbar al chavismo desde diciembre de 1998 pese a ganar las elecciones. No olvidemos que el desconocimiento de las victorias del chavismo empezó incluso antes de que en 1988 el entonces candidato Hugo Chávez se hiciera a través de las urnas con el Palacio de Miraflores.

La idea de concordia y entendimiento del chavismo con la oposición existen desde siempre, porque desde siempre la oposición intentó tumbar a Chávez y luego a Maduro, y siempre se les perdonó, lo que solo sirvió para que los mismos siguieran intentándolo. María Corina Machado firmó el decreto de Pedro Carmona Estanga, con el que se quiso sustituir al gobierno de Hugo Chávez con un golpe dirigido por la patronal, por militares que incumplieron su juramento constitucional, y por los EEUU en 2002. Chávez perdonó a los golpistas y se lo agradecieron con el sabotaje petrolero. 

Ha habido en Venezuela una discusión sobre la palabra “amnistía”, que fue clave en la recuperación de la democracia en España. La amnistía en la Transición española se exigía para demócratas antifranquistas que habían luchado contra una dictadura que nació de la mano de Hitler y Mussolini. E incluso hubo una trampa que después pasó factura, al meterse de rondón en esa amnistía todos los delitos cometidos por los franquistas desde el día del intento de golpe de julio de 1936 (recordemos que aquel golpe fracasó y, por eso, comenzó la guerra). Si somos fiduciarios de la historia, ser antifranquista en España es una obligación de cualquier demócrata, igual que ser antifascista o antinazismo. Pero los antichavistas que terminaron en la cárcel —quitando casos, que claro que puede haberlos, de excesos en un contexto de ataques constantes e intentos de desestabilización—, lo son por haber ejercido la violencia o pretender acabar con gobiernos nacidos de las urnas y de la Constitución. 

La amnistía en España fue un logro de los demócratas, mientras que la amnistía en Venezuela es un ejercicio, otra vez, de la enorme generosidad del chavismo en un contexto de amenaza constante contra la vida de los venezolanos por parte de los EE. UU. No puede olvidarse el infierno que cayó del cielo el 3 de enero sobre Caracas y otros lugares que se consideraron estratégicos, los 120 asesinados en el ataque que se zanjó con el secuestro del presidente, de las lanchas hundidas con misiles o los barcos petroleros secuestrados. En España, una señalada golpista y terrorista como María Corina Machado estaría en la cárcel. En la Cumbre de Seguridad de Múnich, en febrero de 2026, siguió pidiendo un golpe duro y violento para Venezuela. En caso de estar detenida por tan evidentes delitos, las democracias europeas y latinoamericanas hubieran pedido la “amnistía” para ella.

Los ataques constantes a Venezuela, es bastante evidente, tienen que ver con al menos cinco cosas: (1) la desobediencia de Chávez, una vez ganadas las elecciones de 1988, a los intentos de los EEUU de seguir operando con un gobierno que no cuestionara sus decisiones, especialmente en términos de control del petróleo; (2) la articulación de Latinoamérica al margen de la OEA creando la Unasur y la Celac; (3) la entrada de China y Rusia en América Latina, rompiendo las cláusulas profundas nacidas de los acuerdos de Yalta y Potsdam en 1944 y 1945, respectivamente; (4) la reorganización de la OPEP y el establecimiento de nuevas normas (precios más altos del petróleo, incorporación de nuevas monedas al margen del dólar para los intercambios internacionales, coordinación entre los países productores del petróleo al margen de las directrices norteamericanas); (5) la creación de una diplomacia petrolera en la región caribeña y sudamericana que cuestionó el control estadounidense de la zona. 

Eso supuso crecientes intentos de desestabilización, incluyendo un intento de golpe de Estado que impidió el pueblo saliendo a las calles y que ha tenido su último episodio con el secuestro de Maduro y Flores. Los intentos de enmascarar la voluntad de apropiarse del petróleo venezolano —expresado con rotundidad y sin ambages por Trump sin ya tener que recurrir a la excusa de la “defensa de la democracia”, ya sin credibilidad alguna— tuvieron su momento álgido con el nombramiento como “presidente interino” de Juan Guaidó —una operación con la que se justificó el robo de CITGO, la billonaria red de gasolineras y refinerías venezolanas en EEUU y con el desconocimiento del nombramiento de Nicolás Maduro como presidente por parte del Tribunal Supremo después de que la oposición no reconociera el resultado ni la autoridad del Consejo Nacional Electoral (CNE), pese a que también le había reconocido victorias a la oposición. En 2024, tras las presidenciales del 28 de julio, el CNE proclamó ganador a Maduro, y el Tribunal Supremo de Justicia ratificó esa victoria el 22 de agosto, después de pedirle las actas al gobierno (que las presentó) y a la oposición (que no lo hizo).

Los ataques constantes contra Venezuela no se explican solo por la política interna. Responden también a la disputa por el control del petróleo y la autonomía geopolítica de América Latina.

Ganar tiempo en el diluvio sobre las democracias

Conviene traer a colación el episodio del “tren a la Estación Finlandia”, un suceso decisivo para la revolución rusa donde hubo que decidir si dar dos pasos atrás para poder dar un paso adelante.

Ese momento fue narrado espléndidamente por Edmund Wilson en La estación Finlandia (un libro de 1940). Ahí se resume un dilema estructural de la izquierda: cómo actuar en la historia real sin quedar paralizada por la pureza ideológica. El regreso de Vladimir Lenin a Rusia, facilitado por la Alemania imperial —enemiga del zarismo—, no fue una alianza política ni una adhesión ideológica, sino una decisión táctica en una coyuntura extrema. Rechazar esa posibilidad habría significado renunciar a intervenir en un proceso histórico abierto. De hecho, Trotski, el enviado por Lenin, se levantó de la mesa el 10 de febrero de 1918. Tuvo que volver tres semanas después para aceptar unas condiciones alemanes mucho más duras.

Wilson muestra que las tradiciones emancipatorias no avanzan en condiciones limpias: se mueven en terrenos atravesados por guerras, asedios y contradicciones. Aceptar el “tren” implicó riesgos reales —pérdida de legitimidad, dependencia, acusaciones de traición—, pero también expresó una verdad incómoda: la alternativa, a veces, no es la coherencia moral, sino la irrelevancia política.

La lección no es romantizar esas decisiones, sino reconocer que la izquierda, cuando enfrenta situaciones límite, debe equilibrar principios y eficacia, asumiendo conscientemente los costos. Los “trenes a Finlandia” no garantizan el éxito ni preservan la pureza, pero pueden ser la única vía para mantener vivo un proceso político y disputar el poder real. Negarlos de antemano es elegir la derrota en nombre de una ética abstracta.

Desde una lectura de izquierda, el episodio plantea un problema más complejo y honesto: qué hacer cuando la coyuntura histórica obliga a elegir entre la pureza ideológica y la posibilidad real de intervenir en la historia. Dar dos pasos atrás para poder dar un paso adelante.

Lenin aceptó el “tren a Finlandia” no por afinidad con el imperialismo alemán, sino porque entendió que la guerra imperialista había abierto una grieta histórica irrepetible. El cálculo fue crudo: usar una contradicción entre potencias para regresar al terreno político, intervenir en un proceso revolucionario vivo y disputar el poder a una élite incapaz de sacar a Rusia del desastre social y bélico. Rechazar esa vía habría significado, probablemente, renunciar a toda capacidad de acción en nombre de una coherencia abstracta.

Aquí emerge un dilema recurrente para la izquierda. El riesgo de aceptar ayudas, mediaciones o condiciones impuestas por actores que no comparten —o incluso combaten— el proyecto emancipador, con el riesgo de que pueda erosionar la legitimidad, abrir flancos morales, generar divisiones y dependencias futuras. Y la necesidad en contextos de asedio, guerra o bloqueo, donde negarse a toda negociación “impura” puede equivaler a dejar intacto el orden que se pretende transformar.

El “tren a Finlandia” no es, entonces, una anécdota de traición, sino una metáfora política. Representa el momento en que una fuerza de izquierda debe decidir si prioriza la supervivencia y la intervención histórica, aun pagando costos simbólicos, o si se repliega a una coherencia que, aunque moralmente impecable, resulta políticamente estéril.

La lección incómoda es que los procesos emancipatorios no avanzan en condiciones ideales. Se mueven en terrenos contaminados por relaciones de fuerza desiguales, presiones externas y decisiones contradictorias. 

La lección incómoda es que los procesos emancipatorios no avanzan en condiciones ideales. Se mueven en terrenos contaminados por relaciones de fuerza desiguales, presiones externas y decisiones contradictorias.

La izquierda que aspira a transformar la realidad debe aprender a navegar esas contradicciones sin perder de vista su horizonte, sabiendo que cada “tren a Finlandia” implica un equilibrio precario entre táctica y principios. Tomar demasiados trenes a Finlandia puede acabar con el propio proyecto.

Aceptar esos trenes no garantiza el éxito —la historia también muestra cómo esas concesiones pueden volverse contra el proyecto original y ahogarlo—, pero rechazarlos de antemano puede condenar a la izquierda a la irrelevancia política, incapaz de disputar el poder real y de mejorar materialmente la vida de las mayorías.

En ese sentido, el desafío no es negar la contradicción, sino hacerla consciente, debatirla y asumirla colectivamente, sabiendo que la historia rara vez ofrece caminos limpios para quienes intentan cambiarla.

América Latina se está llenando de obligatorios “trenes a Finlandia”, que pasan por Caracas, Bogotá, Brasilia o Ciudad de México (y lo mismo para los lugares donde la izquierda está en la oposición bajo gobiernos que están renunciando a la democracia, como Argentina o Ecuador), donde los dirigentes tienen que ganar tiempo a la espera, entre otras cosas, de que las elecciones intermedias en EEUU en noviembre de 2026 frenen o, al menos, le quiten la antorcha de la mano al presidente Trump, ya con suficientes problemas dentro de su casa.

En Venezuela, aún asediada por la marina estadounidense, las exigencias norteamericanas no son amables. Por eso hace falta que el pueblo redoble su consciencia para no perder el rumbo de cambio que empezó en 1998. Les han puesto una pistola en la sien. Las sanciones y el bloqueo, que incluía secuestrar a cualquier barco que saliera con gas o petróleo, no les ha dejado mucha alternativa. Porque, ¿cuál era la alternativa? ¿Perder todo el proceso revolucionario que empezó hace veintiséis años Chávez? O, a ciencia cierta, un daño enorme para los venezolanos, que ya han visto lo fácil que le resulta a los EEUU desatar un infierno desde el cielo. 

Descatado: En Venezuela, aún asediada por la marina estadounidense, las exigencias norteamericanas no son amables. Por eso hace falta que el pueblo redoble su consciencia para no perder el rumbo de cambio que empezó en 1998.

Parece sensato hacer de la necesidad virtud y, como manda cierto pragmatismo, aprovechar el fin de las sanciones para recuperar todo el daño infligido en estos años y mejorar el nivel de vida de los venezolanos, incluidos los que se tuvieron que marchar. El fin de las sanciones supone poder recuperar el nivel de ventas y de compras que hundió la economía venezolana. Desplegar la colaboración que siempre ofreció Nicolás Maduro. Salir de la persecución que ha dañado al país desde hace más de dos décadas. Siempre sin olvidar el lugar desde donde se están tomando las decisiones, que está presidido por una enorme espada de Damocles.

A Trump, según sus propias manifestaciones, solo le interesa el dinero. Además, es muy probable que en su entorno no siempre le digan la verdad. Es una explicación plausible de su alejamiento de María Corina Machado: le hace perder dinero y equivocarse. Por el contrario, con la presidenta interina Delcy Rodríguez ha manifestado su buena sintonía en cuanto a sus objetivos. ¿Pueden encontrarse en esta complicada situación esperanzas, cuando no es asumible olvidar Gaza, olvidar la bravuconería de Trump, olvidar el cerco medieval a Cuba, olvidar los riesgos climáticos del planeta, olvidar el secuestro de un presidente en ejercicio y de la primera dama, olvidar el rearme militar, olvidar el regreso de la proliferación nuclear?

Conclusión: el optimismo consciente de la voluntad

Cuando Gramsci hablaba de oponer el “optimismo de la voluntad” al “pesimismo de la inteligencia” estaba invitando a que el pueblo se organizara y fuera consciente de la fuerza revolucionaria que portaba como sujeto de explotación laboral. Con estos trenes al norte, los países latinoamericanos ganan tiempo. El problema estaría en que se quedaran en esa vía. Trump es todo lo contrario de los valores de la izquierda y todos los países que están negociando con EEUU no lo están haciendo hoy desde la plena soberanía y una voluntad autónoma. Ahí está México, teniendo que obedecer la orden de Trump de no mandar petróleo a Cuba, lo que hace que se le salten las lágrimas a todos los fundadores de MORENA. EEUU es una potencia nuclear, en un solo portaaviones tiene más fuerza aérea que, prácticamente, en cualquier país latinoamericano, y las sanciones, los aranceles o el cierre de las remesas condena a millones al hambre. No en vano la izquierda sensata siempre ha sido antiimperialista.

La soberanía hoy pasa por redoblar la conciencia popular y trabajar para la unidad latinoamericana. Si hoy estuviera fuerte y viva, la situación de la democracia en el continente sería otra. Por eso a Trump le molesta Naciones Unidas, la Celac, la Unasur y hasta la Unión Europea.

La soberanía hoy pasa por redoblar la conciencia popular y trabajar para la unidad latinoamericana. 

Los cambios en marcha en Venezuela deben estar pensados para ahondar en el proceso democrático empezado por Hugo Chávez. Y no nos engañemos: las reglas de juego están rotas. Y no puede haber cambios si la oposición sigue pensando en términos golpistas o si pretende que EEUU les solvente por la fuerza lo que ellos son incapaces de lograr en las urnas.

Los cambios que permiten que un país avance en democracia son cambios de conciencia que logren, a su vez, gobiernos más eficaces y una paz social guiada por la libertad, la justicia social y el bienestar colectivo. Por eso, es sensato que, pese a la situación, en Venezuela se convocaran el domingo 8 de marzo unas elecciones comunales para votar más de 36.416 proyectos vinculados a los 47 mil consejos comunales existentes en el país y a través de 10 mil centros electorales en todo el territorio nacional. En Venezuela, pese a que desde EEUU muchas veces se le pidió, nunca han quebrado sus ritmos electorales. Porque las elecciones, y aún más en estas convocatorias que siguen ahondando en el Estado comunal (algo complejo en un mundo atravesado por el sentido común individual y egoísta de 50 años de neoliberalismo), se construye la escuela de ciudadanía que es condición necesaria de la superación de la crisis en la que está metida la democracia en el mundo.

Ciudadanía consciente y comprometida que es la que puede lograr que no nos olvidemos de que los trenes a Finlandia son solo eso: trenes a Finlandia.